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Yusra Mardini. ¿Quién es esa chica?

Su nombre empieza a sonar y ser tendencia por estos días; su rostro comienza a resultar familiar, más como influencer que por sus logros deportivos; su voz comienza a alzarse y a ser escuchada, con el aval de contar con un canal de peso para ello y, así, llevar un mensaje conciliador antes que incendiario. Yusra Mardini tiene 23 años, es la abanderada y cara visible del Olympic Refugee Team (ORT), la reducida pero muy significativa delegación integrada por atletas refugiados que participa en estos Juegos Olímpicos que se llevan a cabo en Tokyo desde el 23 de julio hasta el 8 de agosto. 

Son 29 atletas que compiten en 12 disciplinas individuales distintas, representando a un conjunto compuesto por mujeres y hombres desplazados de su lugar de origen y que, bajo el estatus de refugiados en otros países del mundo donde han podido desarrollar sus habilidades, podrán llevar a cabo sus destrezas. 

En ese contexto se destaca el nombre de Yusra Mardini. La nadadora de origen sirio ya había tenido su experiencia olímpica en Río 2016, integrando este mismo colectivo que por aquel entonces sólo contaba con 10 atletas. En aquella oportunidad, Yusra ganó su serie con tan sólo 18 años, pero la marca no la depositó en las instancias finales. Desde aquel debut hasta hoy, la política movió sus fichas y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) juega su papel con el afán de visibilizar esta realidad que es un flagelo que atormenta al mundo entero -y lamentablemente lo seguirá haciendo-. 

Pero, ¿cómo lo hace? Desde su manifiesto se muestra con un discurso integrador y sanador, tratando de ser algo más que un bálsamo ante el drama humanitario y ofreciendo protección a las personas en el mundo entero. Ahora bien ¿pretende acaso desde esa posición escindirse de la política -como si esto fuera posible-? ¿Hay lugar para la política en esta fiesta pacífica que resalta los valores más inherentes del deporte?

Vaya si la política juega su papel en estos JJOO que un hecho curioso sucedió antes de comenzar formalmente; el judoca argelino Fethi Nourine, campeón africano en la categoría de 73kg, decidió retirarse una vez conocido el sorteo ya que tendría que haberse cruzado en segunda ronda con un oponente israelí (Tohar Butbul) y, como las relaciones diplomáticas entre ambas naciones está rota desde hace rato, decidió bajarse antes de presentarse: espíritu deportivo, presiones administrativas y reacción desmedida hicieron de esto un cóctel explosivo. Para más, Rusia y Corea del Norte no son parte de esta competencia. En el caso de los rusos, sus atletas compiten pero bajo otra denominación -Comité Olímpico Ruso (ROC)-, ya que los casos de doping hicieron que el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) los sacara de competencia, algo donde la política metió la cola todos estos años en que se dirimieron estas cuestiones. Y en el caso norcoreano, si bien alude a cuestiones vinculadas al Covid, ya sabemos que la nación liderada por Kim Jong-Un va a contramano de la región y la continua rispidez con el país organizador hizo lo suyo. 

Pero, volviendo a la senda principal, cabe preguntarse porqué ACNUR eligió a Yusra Mardini como la cara visible de su campaña para refugiados, algo que, desde ya, no es azaroso. No lo ha hecho por su eventual expectativa de medalla, ya que las chances parecen ser menores; ni siquiera la organización se plantea una apuesta deportiva. Cabe preguntarse por qué la elección se posa sobre una mujer cuyos rasgos sirios están borrados, y en cuya cuenta de Instagram ( @yusramardini , 353 K seguidores) se observa a una persona de características occidentales, viviendo en Berlín, con prendas de última moda europea y patrocinada por grandes marcas. 

En plena olimpíada (es decir, el período que va de un juego olímpico al otro) ACNUR se encargó de nombrar a Yusra embajadora de la buena voluntad, fue enviada a Davos, a la Asamblea de la ONU, se ha reunido con el Papa y ha sido galardonada por su discurso frente al mundo. Ejemplo de lucha y resiliencia, Yusra huyó de Damasco junto con su hermana en un periplo que incluyó al Líbano, a Turquía y la situación dramática de estar varada en altamar hasta lograr llegar a Grecia. 

El drama que atraviesa esta generación de sirias y sirios es quizás una de las mayores crueldades que se han vivido en estas dos décadas del nuevo siglo. Incluso aquí, en Argentina, hay una buena cantidad de refugiados sirios que han llegado bajo un programa que les permitió huir de su tierra y tratar de rehacer algo parecido a una vida, “a 13.000 km de Siria,” como se titula el excelente documental que narra estas historias en primera persona y que se puede ver en la plataforma gratuita Cont.ar. 

Dejemos algo en claro: nadie podría jamás cuestionar a Yusra por cómo piensa, qué dice, cómo viste o se desenvuelve frente a la vida. Tampoco es necesario que lleve puesto un hiyab para reafirmar sus raíces: Yusra se ha ganado cada cosa buena que le sucede en la vida. Lo que nos preguntamos es la utilización política de su figura detrás de una causa o, ante todo, por qué el mensaje necesita ser occidentalizado para ser escuchado. 

Por qué ACNUR elige entre los y las atletas posibles a aquella que cumple con los requisitos de resaltar la figura de la belleza hegemónica de la mujer occidental, joven, esbelta, blanca, atlética, europea. Si pensamos con buena intención, quizás pueda leerse que ante los responsables generadores de estos martirios ajenos -las potencias de occidente- repercute mejor la palabra de una mujer que cumpla con los estereotipos y estándares de belleza, una “como ellos” o “de su tipo”, que les escupa en su propia cara unos cuantos mandamientos para sensibilizar o licuar sus acciones, y todo forme parte de una gran estrategia. O, quizás, se noten demasiado los hilos de una gran puesta en escena. 

¿Es acaso Yusra un trofeo que necesita ser exhibido como logro de la Política con mayúsculas sobre cómo de este lado del mundo se pueden alcanzar los sueños en detrimento de, en este caso, Medio Oriente, una suerte de reversión de civilización y barbarie que justifique cierto accionar bélico emancipador? 

Lo cierto es que detrás de situaciones como éstas se tensionan debates, se esconden categorías que invitan a ser repensadas, como el concepto de identidad, ya sea desde la visión esencialista (como una naturaleza intrínseca compartida) o construccionista (la identidad se construye en la interacción social). ¿Quién es, a esta altura, Yusra? ¿A quién representa? Esa occidentalización, ¿supone el despojo de su pertenencia a la tierra para levantar la bandera de sí misma, la de un colectivo sin tierra, la de una organización política? 

A decir de Foucault, “tal vez la meta de hoy no sea descubrir quiénes somos, sino rechazar lo que somos. Tenemos que imaginar y construir lo que podríamos ser para trascender aquel dilema de la política, que es la individualización y la totalización de las estructuras de poder modernas.”       

Gentileza DeporTV. Disponible aquí

Jorge Moyano
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Periodista e investigador, con tesina en construcción de su licenciatura en Cs. de la Comunicación (UBA). Con más de 20 de años de trayectoria en radio, trabajó en AM, FM y actualmente conduce desde 2018 el magazine Vientos de Colores los jueves de 21-23hs por Radio Emergente. Integrante de la Dirección General de Cultura de la HCDN, dónde realiza locuciones, conduce eventos y desarrolla estrategias de comunicación. Nacido y criado en Ituzaingó pero con el corazón #todorojo en Avellaneda.

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