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Trump, víctima de la muralla digital

Trump esta vez fue víctima de una muralla digital creada a su medida. Primero lo bloquearon en Facebook, Twitter e Instagram, y luego en Parler, la red social alternativa usada por sus fanáticos. Un debate sobre derechos y soberanía en la red de redes. Este artículo fue publicado en La Ventana de Página/12, la sección sobre Comunicación y Medios, siempre bajo la mirada atenta del maravilloso Washington Uranga.

Por: Ariel Diez y Federico Corbiére

Tras los incidentes en el Capitolio y la suspensión de las cuentas de Donald Trump en Twitter, Facebook e Instagram, miles de seguidores del magnate migraron hacia Parler, una red social poco conocida pero que es furor entre los usuarios “anticorporaciones”.

La toma del recinto norteamericano ocurrió el 6 enero y, desde entonces, la batalla dejó el sombrero con cuernos en el perchero para llevar el conflicto a los medios digitales. Una semana más tarde, Amazon, Apple y Google bloquearon los accesos a la red alternativa, lo cual confirmó el poder que ejercen los ya no tan nuevos jinetes del Infocalipsis. 

Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Facebook, Instagram y WhatsApp), Jack Dorsey (Twitter) y el dúo Larry Page / Sergei Brin (Google) quieren administrar desde Silicon Valley los gobiernos y lo están logrando. Ocurre que Trump les mojó la oreja meses atrás al instruir a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) para que regule su funcionamiento, además de intentar aplicar medidas antimonopólicas como ocurre en Europa.

Lo que está detrás de la batalla que protagoniza la supremacía blanca norteamericana adoradora de Trump, es paradójicamente la ausencia de reglas claras para garantizar los derechos fundamentales en materia de libertad de expresión. 

En el plano informativo se observa que fue un error considerar Internet como una “bomba de libertad”, tal cual lo aseguró en 2005 el fallecido Antonio Pascuali durante su visita a Buenos Aires en el III Congreso Panamericano de Comunicación organizado por la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). El resultado actual no es otro que un pedido urgente por poner límites a las plataformas y garantizar condiciones de igualdad en Internet, porque las “cajas negras” de los algoritmos tornaron romántica toda iniciativa tendiente a mejorar nuestras vidas, pensando que la circulación de información contribuye a hacer el bien.

Hoy la política  está atrapada en el amarre con el que Evander Holyfield sometió al invencible Mike Tyson en los noventa, aunque terminó con una oreja menos. Esto es lo que el economista austríaco Joseph Schumpeter llamó “destrucción creativa”, que no es otra cosa que el fin de un ciclo y el comienzo de otro en las economías capitalistas. 

Según estimaciones de medios norteamericanos, cerca de medio millón de estadounidenses abrieron una cuenta en la plataforma Parler del 6 al 9 de enero. En noviembre -luego de las elecciones presidenciales- unos dos millones de usuarios siguieron al mandatario republicano por las restricciones de Twitter.

Un dato importante: Google ya quitó del Play Store la aplicación de Parler, asegurando que en esa red se coordinaron los ataques al Capitolio. Y vale aclarar que la plataforma no sólo es territorio de los republicanos. También hay activistas de los movimientos “antifa” -que protestan contra el racismo- y otros grupos de jóvenes en Medio Oriente que la suelen utilizar para gambetear los controles ideológicos.

¿Qué es Parler? (“hablar”, en francés). Se trata de una red de microblogging creada en 2018 por dos egresados de la Universidad de Denver: John Matze y Jared Thompson,  quienes aseguran mantener la “libertad de expresión” ante “la censura de las grandes compañías”. En general los contenidos no son removidos ni las cuentas bloqueadas, salvo en casos de pedofilia, entre otros delitos.

Los cruces de Trump comenzaron, luego de que las plataformas digitales fueran la columna vertebral de la campaña conservadora que lo llevó a la presidencia en 2016. En mayo de 2019  Jack Dorsey etiquetó a Trump como autor de un “contenido problemático”. El dueño de Twitter no quería convertirse en el idiota útil de 2015 que no cobró por sus servicios, a diferencia de Zuckerberg que sí lo hizo vendiendo perfiles de Facebook a los mercenarios virtuales de Cambridge Analytica

En 2020 Trump recogió el guante y firmó una orden ejecutiva que instruyó a la Comisión Federal de Comunicaciones, a la Comisión Federal de Comercio y a diversas dependencias del Poder Ejecutivo a cambiar la normativa de mediados de los años 90, que le otorga inmunidad a los jugadores de Internet por considerarlos una suerte de “puerto seguro”. 

No sabemos si Parler será una anécdota en la búsqueda de la “tierra prometida” para Trump y sus seguidores. Lo cierto es que ya nada puede hacerse en términos de garantizar la democracia informativa sin pedir permiso a los actuales mastodontes de la red, salvo que nos desconectemos.

Las democracias son rehenes de nuestra soberanía digital, esa que los usuarios de Internet cedimos hace rato cuando apretamos “aceptar” para entrar a WhatsApp, Google Maps, Tik-Tok o MercadoPago. Lo preocupante es que detrás de esa soberanía digital está la soberanía de los pueblos.

Y ese es un problema grave. Los principales jugadores de Internet, a diferencia de los medios del siglo XX, no estructuran su agenda en función de los títulos relevantes para el público. Están preocupados por generar necesidades constantes de consumo. Si los molestan saben que pueden inventar noticias y bajarle el pulgar al presidente más poderoso del mundo.

Trump quedó parado en la muralla que divide todo lo que fue de lo que será. Ya lo dijeron los Enanitos Verdes, mientras tanto el resto de los mortales seguimos inmersos en las bitácoras a las que nos llevan las plataformas.

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