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Washington Cucurto, hacer post-literatura entre la precariedad y la potencia. ¿Qué queda después de los 90?

La debacle económica, política y social de la década del 90 marcó una crisis de la representación y, por tanto, de la posibilidad de ver la “realidad”. Viajamos a ese momento de ambigüedad generalizada, en donde las fronteras del arte se expanden, aparecen nuevos circuitos económicos “marginales”, junto a otras formas de producir y de socializar estos modos de hacer arte. Una estética de lo “bajo” indisciplinado en los escritos de Washington Cucurto.

Primera parte

Macumba
Mientras duermes
tu belleza sale a dar una vuelta
y ya no vuelve (Cucurto, 1999, p. 27)

De los 90 a la crisis del 2001

Siguiendo a Cecilia Palmeiro, hacia finales de la década de los 90, la pérdida de la representación marca un tono de época, el que aparece acompañado de un sentimiento generalizado de incertidumbre, supervivencia y de la contingencia de grandes emergencias nunca antes imaginadas, donde la pregunta por lo material se torna central. La crisis imperante en Argentina y en América Latina, provocó un cambio en los modos de producción y circulación del arte. 

El advenimiento del siglo XXI marca también una transmutación en los imaginarios sociales y en la subjetividad; ante ello, una poesía que ya no puede desentenderse idílica, aurática o ingenuamente de su contexto. No es menor, en este sentido, la emergencia de editoriales independientes durante aquellos años, tales como Eloísa Cartonera o la galería de arte-editorial Belleza y Felicidad: espacios productivos que proponen una manera otra de hacer-arte, de producirlo y socializarlo. 

Hay ahora una necesidad de pensar la escritura como práctica de la experiencia individual y colectiva, y es esa literatura la que justamente nace a partir de un gesto de desborde. En este sentido, un loop entre movimientos centrípetos y centrífugos (re)conectaron a la poesía con la vida social en general: una poesía que atraviesa pero que también es atravesada, en un gesto comprometido aunque también indiferente, por la praxis y las distintas formas de la experiencia. Es esta una generación de jóvenes poetas que reconoce nuevos materiales que aparecen como aprovechables para el arte. Las letras, las palabras hechas cuerpos, materializadas, se reciclan ante nuevas necesidades. Así, asumir la experiencia artística a partir de una lógica más o menos inserta en el mercado marca un retorno a las materialidades y sus repertorios.

En el prólogo a La tendencia materialista, refieren a lxs poetas antologadxs de los años 90 señalando ciertas particularidades relacionadas con una nueva manera de percibir el mundo: hablan de percepciones de enclave cultural para algunxs poetas o de enclave histórica para otrxs. En el caso de Cucurto –y de otrxs como Martin Gambarota– se trata de un tipo particular de percepción política. Nos encontramos aquí, señalan lxs antologadorxs, ante escrituras que parten desde un gesto desencantado y anti-utópico. 

Sin embargo, cuando los límites entre el ámbito de lo íntimo y de lo público comienzan a entrar en tensión, se abre un espacio sin discernimiento entre estéticas y praxis, entre arte y política. Ahora, lxs poetas entienden que la intimidad es también política. Pero esos nuevos espacios de la percepción lejos están de ser idílicos o revolucionarios-idealistas, sino que se trata de un nuevo lugar de la percepción que deviene concreta y práctica: lxs poetas ahora escriben sobre prostíbulos y supermercados chinos; lxs poetas escuchan cumbia y van a las bailantas; escriben también “malos” poemas sobre el barrio de Once, Constitución o Congreso… Sus protagonistas son aquellos cuerpos siempre cruzando el borde inestable de vida-muerte, siempre al borde de dejar de ser humanos. En fin, se escribe acerca y desde todos aquellos espacios de márgenes ambiguos:

La muerte mortaraz anduvo por Berazategui / halló a mi padre y a mi hermano (Cacho) / vendiendo remeras por los barrios.

Les dijo: “Vengan conmigo muchachos, / los voy a llevar a un lugar donde / todo el mundo usa remeras…”

Después se arrepintió, los miró bien: / “El infiero está lleno de quemados”. / Por mí ni preguntó, y siguió de largo. (Cucurto, 2003, p 25).

Decimos entonces que estamos frente a un momento en el que reinan el individualismo y el conformismo, el capital y el trabajo. Ante ello, la materia social aparece como enclave de lectura y de escritura. En este sentido, cuando Cucurto refiere a la cumbia, por ejemplo, lo hace partir de ciertas significaciones que exceden el mero acervo cultural. Aparece aquí una nueva estética: la de lo “bajo”. 

Por tanto, en la escritura de Cucurto, poco hay de búsqueda de especificidad poética, y no tanto por una negación academicista como sí por una necesidad, por una urgencia de producir. Así, acudimos a una escritura que, en muchos casos, oscila entre la objetividad de aquel mundo social y la subjetividad del yo poético que lo percibe. La selección de sujetxs, soportes y materiales se renueva, y en su escritura todo es siempre un poco inadecuado: los objetos son siempre un poco inadecuados respecto a sus conceptos; la escritura, inadecuada de sí misma; la figura del poeta, también inadecuada respecto de sí misma; la política, desbordada; los estereotipos, hiperbólicos… Aquí, una irrupción perspicaz de las letras se abre lugar en una actitud inoportuna. Es en este tráfico de los géneros literarios y los materiales culturales donde los “feísmos” proliferan sin pedir permiso ni perdón como forma de hacer cultura y política (¿o cultura de la política?, ¿o política de la cultura?).

Hacer literatura de cartón

Soy la respetabilísima, la Dominicana. / He pagado los impuestos con ahorros. / He contribuido al bienestar nacional. / Y todavía conservo el orgullo / de afirmar que ninguno / ha sido infeliz en esta cama. / ¿Me escuchas? ¿Estás ahí? / Te estoy hablando, pelotudo. (Cucurto, 1999, p. 48).

No es posible obviar, en esta vuelta materialista, que la escritura de Cucurto recoge todo un andamiaje socio-cultural de lo “marginal”, de lo “bajo” o del “feísmo”. Sus escenas, sus atmósferas, sus lenguajes retoman una tradición barrosa latinoamericana y recogen las mixturas, cual puchero, de lo “real”. 

Y esta operación se sucede también en sus lenguas múltiples, en tanto que las escrituras de Cucurto “arman un recetario del habla popular del interior argentino y de países vecinos”. Sucede también en sus relatos, los que afloran marcados por el exceso de cuerpos, de baile, de corporalidades entendidas como una forma otra del consumo, por qué no, político-cultural. Los personajes que aparecen en sus poemarios o novelas son aquellos cuerpos insurgentes en mutación constante: cuerpos innombrables que bailan, sudan, gozan y sufren. Lxs inmigrantes latinos aparecen ahora con fuerza, como un sujeto emergente en la literatura (al menos, de esa literatura “fea”, “mala”, “barata”…). 

Sin embargo, ingenuxs seríamos al afirmar una especie de tarea puramente etnográfica u objetivista en su escritura; en todo caso, sí un gesto indisciplinar generalizado que se expande hacia todas direcciones. Dice en el ¿poema? de apertura a Veinte pungas contra un pasajero (“2do. poemario atolondrado”, según la aclaración de Cucurto):

De las altas esferas luminosas nacidas en el cielo como crestas, viénense con pasos encantados, yasiterés preñados por el diablo…

De un apagón se nos borró nomás la musiquita y en un dopingüé se terminó la fiesta. Se nos mató nomás la desgracia y a gatas en silencio nos quedamos sollozando. Pasamos la noche velando a la turula, con encendidas velas en las manos, dejando un charco de derretida cera a nuestro paso –aquel que la pise: ¡morirá en el acto! Ojo, cualquier día es el día de la muerte: la muerte es la cuna de un buen día. (Cucurto, 2003, p. 15).

Pero toda esta escena rizomática que crea la escritura de Cucurto, más que una exhibición de la pobreza en tanto modismo estético, se gesta a partir de una reproducción hiperbólica de ciertos tópicos identitarios. Y en esta cancelación abrupta de la sublimidad, y en contra de cualquier rigidez, acontece ahora la multiplicidad de lo posible.

Como vemos, nos estamos refiriendo a producciones artísticas y mercancías a la vez: el arte se desprende de las clausuras y utopías auráticas para ingresar de lleno en una lógica del mercado. Sin embargo, esta premisa podría resultar un tanto ilusa teniendo en cuenta el gran aumento de la pobreza, la híper-inflación, el desempleo y la fragmentación social que trajo consigo la década de los ´90. 

Vivir del arte, y más aún perteneciendo al conurbano bonaerense, no parecía ser una posibilidad: hasta el papel, señala Palmeiro, se había vuelto un privilegio de pocos. No es menor, en este sentido, la creación de la editorial Eloísa Cartonera que comenzó a producir libros de bajo costo de venta hechos con materiales comprados a los cartoneros. La actividad de salir a las calles a juntar cartón para luego revender surge también a partir de una urgencia económica y de una carencia total de empleo, y no sin entablar una obvia disputa con los organismos estatales. Así, podemos decir, aquel cartón que había sido símbolo de la depresión social, económica y política de un país aparece con una fuerza renovada. La basura atraviesa ahora el mundillo de las letras poéticas de nuestro país. Nos encontramos aquí con un mismo material que, a partir de un gesto de apropiación, atraviesa distintos universos significativos o, al menos, utilitarios. Porque, al fin y al cabo, nadie niega o trata de ocultar que los libros de la Eloísa Cartonera estén hechos con cartón (¿o basura?), sino todo lo contrario. Y no es en vano, entonces, que se hable en este sentido de una “anti-estética de lo trash”.

Siguiendo a Palmeiro, esto tiene que ver con una renovación tanto en los soportes como en los sistemas de producción. Estamos así ante una nueva economía: la del arte “bajo” (o del arte “feo”, indisciplinado…). Estamos, sin más, ante un hacer-arte que no se concluye en la Obra. En todo caso, hablamos de alternativas; hablamos de una reinvención en los modos de producir, de consumir y de comercializar arte; hablamos de nuevas formas de relaciones sociales que permiten tejer redes de cuidado ante una época de derrumbes; hablamos de procesos artísticos que no se comprenden escindidos de su entorno, sino que se insertan en él. Hablamos también de productos hechos para el mercado, pero no ya para las grandes empresas y corporaciones editoriales que la vorágine de este capitalismo neoliberal había ya afianzado, sino para circuitos comerciales menores, marginales, propios. 

Entonces, no estamos solamente ante movimientos estéticos específicos, sino ante colectivos culturales autogestivos que se presentan como una alternativa constructiva frente al derrumbe de los ´90. Y allí, donde somos capaces de detenernos y pensar en esos modos en los que hacemos arte, encontramos el elemento de politicidad. Entonces, nos encontramos frente a un gesto que es posible en la medida en que determinados discursos comienzan a ser desmantelados a partir de la urgencia de producir sustento y de buscar estéticas propias: una estética del “choreo”, como dirá el propio Cucurto. 

(Continuará… en la próxima edición de PostPeriodismo)

 

Belén Doni
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Correctora literaria y tesista en la Lic. de Letras Modernas (FFyH, UNC). Realizó una especialización en Estudios Críticos del Discurso (UNC) y una dipolomatura en Políticas Editoriales y Proyecto Cultural (FFyL, UBA). Participa del vigente proyecto y equipo de investigación “Desplazamientos en los vínculos entre literatura, arte y vida. Escrituras contemporáneas en América Latina” del SeCyT (Centro de Estudios Avanzados, FCS, UNC). Le gusta la cumbia, el chocolate y tiene muchas (demasiadas) plantas.

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