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Profetas del odio y la desinformación

El apartheid se instaló en Sudáfrica en 1948. Ese mismo año con la creación del Estado de Israel y la pugna por la posesión territorial de la llamada «Tierra Santa»se abriría en la Franja de Gaza un conflicto irracional propio de los gobiernos confesionales. Durante mayo vimos por la tele cómo el escudo antimisiles frenaba los ataques del grupo insurgente Hamás. Lo que no mostraron los medios fue lo que ocurrió al otro lado sobre la población civil palestina. Entre ellos: niños muertos y cientos de mutilados. Facebook, Twitter e Instagram censuraron todo contenido audiovisual en las redes, mientras distintas organizaciones defensoras de libertad de expresión en internet lanzaron la campaña #StopSilencingPalestine. De eso casi no nos enteramos. En este artículo Jorge Moyano te cuenta acerca del otro apartheid , que encontró en la última escalada de violencia una campaña de sangre orquestada por el halcón Benjamín Netanyahu. Esta vez, un nuevo gobierno de coalición se aproxima en Israel pero no promete un cambió profundo, sólo una pausa en el conflicto. Para los medios, los terroristas siempre serán palestinos y las muertes civiles sólo falsos positivos.

La aparición de los tres cuerpos sin vida desató la furia y la indignación contenida. Era la confirmación ante la peor sospecha. Las calles comenzaron a llenarse de gente que, bajo un fuerte espíritu nacionalista, comenzó a concentrarse al grito de justicia, enarbolados con banderas y colores de su patria; otros, tenían sed de venganza. Es que Hamas se adjudicó el secuestro seguido de muerte de esos tres adolescentes israelíes que tuvieron el peor final.

En ese contexto, Muhammad abandona su puesto de trabajo y regresa a su hogar, pues el sólo hecho de ser árabe en la enardecida Jerusalén es motivo de ser víctima de un público linchamiento. Las miradas, tensas, cargadas de un prejuicio visceral, se posan sobre él en pleno viaje en tranvía hacia su comunidad. Logra llegar sano y salvo a su casa. Pero al día siguiente, como si el destino lo hubiera marcado a fuego, Muhammad no correría la misma suerte. Su cuerpo aparecería en condiciones inhumanas en un bosque cercano. Muhammad también era otro adolescente, sólo que palestino. 

La tierra prometida, un conflicto sin fronteras

Estos hechos ocurridos allá por 2014 motivaron la realización, no sin polémica, de una miniserie (Our Boys, HBO) que, con condimentos que hacen verosímil la parte de ficción detrás del disparador inicial que sí es un hecho real, ha causado enorme revuelo desde su estreno hace un año y medio. Es que el estado israelí, en la figura de su ministra de cultura y deportes, Miri Regev -quien carga en sus espaldas con un largo historial de censuras de material audiovisual- ha tildado a la serie como antisemita y manifestado que su contenido no es el apropiado respecto de la imagen que Israel pretende mostrar de sí ante la comunidad internacional. Incluso ha hecho un llamado público al boicot contra dicha producción. Aparentemente, la línea gubernamental sugiere que el arte no debe ser un elemento de denuncia, sino que debe complacer. 

Algo similar ocurre por estos días respecto de lo que parece ser correcto mostrar, decir y lo que no. La escalada de violencia que vivimos en mayo entre Israel y Palestina es un capítulo más en esta historia, que data de los tiempos de las escrituras (es la cuna de las tres religiones monoteístas más grandes de la tierra: el cristianismo, el judaísmo y el islam) y que sin duda se ha convertido en el conflicto más emblemático de la historia contemporánea. 

El disparador del caos reciente es un hecho que quizás en otra parte del planeta se podría haber resuelto entre dos estudios de abogados vía zoom. Pero no aquí. Los habitantes palestinos de Sheikh Jarrah recibieron la orden de desalojar sus viviendas con el argumento oficial de que ocupaban propiedad judía. Las familias palestinas damnificadas explicaron que ellas ya habían sido expulsadas previamente por la ocupación israelí y que allí habían sido reubicadas por autoridades jordanas a la hora del reparto de tierras tras la creación del estado de Israel en 1948. Como se puede deducir, el estatus de refugiado es dinámico y siempre puede empeorar. 

Las manifestaciones de apoyo palestinas no se hicieron esperar. Las hubo tumultuosas en las calles así como de las más pacíficas, dado el pleno contexto del Ramadán. Las fuerzas de seguridad israelíes no repararon en la sagrada celebración árabe y reprimieron tanto en Haram Al Sharif como dentro mismo de la mezquita de Al Aqsa, lugar sagrado y emblemático para el islam. Este último hecho fue la excusa perfecta que necesitó la agrupación Hamas (organización yihadista, reconocida como terrorista para algunas de las naciones potencia en el mundo) para entrar en acción y lanzar ataques aéreos desde Franja de Gaza hacia Israel. 

Ojos que no ven

Para los grandes medios internacionales de occidente, aquí es donde nace la cobertura. En los tiempos actuales, donde al lector se lo ha convertido en un mero receptor de titulares a fuerza de clickbaits, la práctica de leer sin detenerse indica que Israel una vez más es victima del asedio palestino; nada se habla del trasfondo del que dábamos cuenta, y el reduccionismo es tal que poco interesa aclarar que Hamas no representa la mayoría del sentir ni accionar del pueblo palestino en esta contienda, sino que se trata de reforzar la premisa de que ser árabe y terrorista van de la mano.

Si uno se guía por el análisis que realizan estos multimedios, sea en España, Estados Unidos como en Argentina, los misiles son siempre lanzados desde el mismo lado y cuando lo pone en práctica Israel, es en respuesta a un ataque previo, como se encarga de aclarar uno de los sitios web periodísticos argentinos que se jacta de ser el más leído en Latinoamérica. Es más, hay casi una invitación a la adoración al escudo de hierro, el fantástico sistema antimisiles desarrollado por las fuerzas israelíes que logra reducir las potenciales víctimas y daños materiales producto de los ataques por esa vía.         

Requiere un esfuerzo realmente sobrehumano poder informarse sobre qué pasó con los cohetes lanzados bajo orden de Netanyahu, en zonas densamente pobladas por civiles sin ningún tipo de escudo, refugio o sirena que anticipe un ataque. Decenas de niños, niñas y mujeres palestinos han perdido la vida, desde que comenzó el conflicto en abril, pero no fue tapa en ninguno de estos sitios. 

¿A qué se debe esta protección mediática?

¿Cuáles son los intereses que se buscan proteger? Uno puede comprender, al menos en nuestro país, el fuerte arraigo con la comunidad judía y la marcada presencia de sus instituciones en nuestra vida cotidiana. Desde ya, las heridas de los dos atentados que hemos sufrido en nuestro territorio siguen abiertas, en especial cuando poco se ha hecho para obtener justicia al respecto. 

Sin embargo, la defensa de esta posición no explica el porqué de la desproporción en la balanza. Son profetas del odio que instalan la idea de guerra entre pueblos haciendo caso omiso de la disparidad gigante entre el desarrollo armamentístico de una nación frente a la otra o disfrazan los reales intereses políticos de los tomadores de decisiones; y pocas veces se ponen sobre la mesa las encuestas de ambos lados, donde la gran mayoría de su población afirma estar de acuerdo con un proceso de paz y una convivencia más armónica que va en contramano del regocijo de aquellos que hacen del conflicto su negocio. 

Es más, en este contexto particular de pandemia se ha dicho mucho sobre el exitoso proceso de vacunación israelí como país de avanzada pero casi nada sobre lo que esconde bajo la alfombra, a saber, no vacunar a la población palestina, o aún peor: sólo han vacunado a aquellos palestinos cuyas tareas laborales impliquen el contacto directo con Israel. 

 El otro apartheid

Por estas razones, entre otras tantas, la noción de apartheid se vuelve a instalar en el imaginario colectivo para explicar los actos denigrantes a los que se ven sometidos los civiles palestinos. Algo que se ve a la perfección en el corto The Present (nominado a los Oscars 2021), que retrata la odisea de un ciudadano árabe para pasar del otro lado del control fronterizo que protege a los asentamientos colonos para algo tan simple como ir a hacer las compras, humillación mediante. 

Lo cierto es que poco se nos cuenta de esta realidad cotidiana y no es inocente: todo criterio de selección informativo es político. Esto habilita una vez más, como venimos afirmando en columnas anteriores, la entrada triunfal de la mirada occidental a la problemática y descontextualiza la realidad local para justificar la toma de posición de este lado del mundo. Así, siguiendo esa línea, Estados Unidos licúa su imagen al aparentar interceder como garante en lugar de ver lo que esconde debajo de su piel de lobo (el brazo político protector) y no hace falta extenderse sobre cómo se nos vende quién está del lado de la civilización y quiénes de la barbarie. 

Aquí los únicos que ganan su contienda son las posiciones extremistas. La crisis política en la que está sumergida Israel ante la imposibilidad de formar gobierno se tapa con bombas (cuántas veces hemos visto ya esta película en el mundo…); Hamas lleva agua para su molino ante una OLP plagada de actos de corrupción y carente de peso político. Y los buitres que supieron ser protagonistas de la guerra fría revolotean saboreando qué pueden sacar de todo esto. 

Para unos, la solución es descolonizar; para otros, que los reconozcan como Estado. Desde la Declaración de Balfour hasta los acuerdos de Camp David y de Oslo, se buscó destrabar el conflicto desde una pretenciosa mirada occidental; quizás sea hora de entender que en la zona más caliente del planeta, lo que debe garantizarse a los pueblos es igualdad de condiciones para resolver sus propios conflictos, y no la llegada de un falso profeta que dirime con el bolsillo.    

Jorge Moyano
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Periodista e investigador, con tesina en construcción de su licenciatura en Cs. de la Comunicación (UBA). Con más de 20 de años de trayectoria en radio, trabajó en AM, FM y actualmente conduce desde 2018 el magazine Vientos de Colores los jueves de 21-23hs por Radio Emergente. Integrante de la Dirección General de Cultura de la HCDN, dónde realiza locuciones, conduce eventos y desarrolla estrategias de comunicación. Nacido y criado en Ituzaingó pero con el corazón #todorojo en Avellaneda.

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