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Piglia o la invención del genio creativo para entender la realidad

Con voz propia: Ricardo Piglia, «Diario» (06:25), Biblioteca Parlante «Mirá lo que te digo», CD Nro. 174. Gentileza de Oscar Bosetti, Centro de Producción en Educación y Comunicación (CePCE), Área Radio, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de Entre Ríos.

El escritor Ricardo Piglia Renzi se fue a los 75 años, el 6 de enero de 2017. Autor de La sonámbula (1998), El astillero (2000), Corazón iluminado (1998) y Respiración Artificial (1980), popularizado en cine por su obra en Plata Quemada (1997), Piglia abrazó el género negro  policial y supo navegar por la crítica literaria. Su breve y preciso análisis de nuestra cultura en La Argentina en pedazos recoge a partir de de adaptaciones en historietas publicadas en la Revista Fierro (a mediados de los 80) los elementos centrales que cruzaron nuestra sensibilidad social. Parodia y paranoia son algunos de los ejes de su análisis para entender las relaciones de poder y la violencia política, en algunos casos física y en otros simbólica.  Vivió el exilio en tiempos de Onganía, recibió infinidad  premios y reconocimientos, enseñó en la UBA y en Harvard. Nancy Lorenzo recoge una de sus obras para mostrarnos un poco más de un autor que con su mirada panorámica permite entrar el mundo real desde la ficción. La (im)posibilidad de reconstruir la experiencia en Prisión perpetua y Encuentro en Saint Nazaire  (1988) es la elegida, pero podría haber sido otra de sus historias.

Diversas ficciones de la literatura argentina presentan, en las formas mismas del relato, una interrogación constante acerca de las posibilidades de la literatura para acceder a la experiencia y el conocimiento de lo real. Tal es el caso de la novela Prisión perpetua y Encuentro en Saint Nazaire (1988) de Ricardo Piglia, en  la cual persiste la idea de una escritura que indaga y ensaya diversos modos de representación de lo real, no con pretensión de verosimilitud y transparencia históricas sino como una forma de destacar la mediación que constituye, en sí misma, toda representación.

El modo en que los textos de Piglia operan con la percepción de lo real no se asemeja al efecto de extrañamiento o desautomatización de la percepción cotidiana sobre el cual teorizaron los formalistas rusos, ni comporta un proyecto como el de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust donde la recuperación de la experiencia y la memoria se hacen posible a partir de un hecho azaroso. Por el contrario, lo que aparece problematizado en estas ficciones es la tensión dialéctica entre la constatación de la imposibilidad de representar lo real y la pulsión narrativa que trata de aprehender una experiencia que permita la fusión entre lo exterior y la subjetividad, el encuentro entre el sujeto y el mundo. 

Prisión perpetua y Encuentro en Saint Nazaire se inicia con un narrador en primera persona que relata el exilio de su familia ligado a la caída del peronismo en el ‘55, el traslado de Adrogué a Mar del Plata y el comienzo de la escritura de un Diario en un intento de negar la realidad y vivenciar algún tipo de experiencia: “Al principio las cosas fueron difíciles. No tenía nada que contar, mi vida era absolutamente trivial. Me gustan mucho los primeros años de mi Diario. No pasaba nada, nunca pasa nada en realidad pero en aquel tiempo me preocupaba. Era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias. Entonces empecé a robarle la experiencia a gente conocida, las historias que yo me imaginaba que vivían cuando no estaban conmigo”.

Una elección de escritura que -como en Borges y en Arlt- alude a la génesis de una ficción y a una práctica de autor que lejos de caracterizarse por la invención o el genio creativo tradicionales surgen a partir de la apropiación ilícita de historias de vidas ajenas que circulan en un mundo concebido como una telaraña verbal, un entramado de múltiples relatos orales que el escritor, devenido antólogo, recopila en su Diario para transformarlos luego en literatura. Se trata de historias que se despliegan a partir de una estructura dialógica en la cual dos personajes, uno que cuenta y el otro que escucha, se dan cita para recuperar las formas rituales del arte de narrar pero reducida a los espacios carcelarios. 

En Piglia, la cárcel es la alegoría del fin de la experiencia, mientras que la literatura se hace relato de esa vivencia: más que símbolos de un mundo armónico y cerrado, las novelas de Piglia hacen referencia a un vacío social que aísla al individuo y lo condena a vivir prisionero de sus propias ideas fijas, en su afán de establecer algún tipo de vínculo con lo real para tener una experiencia. 

Pero la experiencia no es un hecho que se viva en soledad, donde hay experiencia en el sentido propio del término, ciertos contenidos del pasado individual entran en conjunción en la memoria con elementos del pasado colectivo.  Entonces, si la experiencia individual es imposible, sólo por medio de una vivencia compartida, podemos capturar, tiempo después, una imagen del pasado y darle un sentido. Por eso escribe el narrador de Prisión perpetua y Encuentro en Saint Nazaire, para darle sentido a su propio pasado, y para transmitir la experiencia vivida encarnándola en un relato. 

Encuentro en Saint Nazaire se cierra con una “visión”, la última palabra que el protagonista ha escrito en su Diario personal ordenado alfabéticamente. Desde la ventana de su lugar de trabajo, todos los días ve al viejo exiliado alemán salir de su casa y caminar despacio hasta el borde de la laguna para observar a los patos salvajes. Cada vez que ve al profesor atravesar la nieve para llegar hasta la laguna sabe “que empieza otro día que será igual que el anterior. La naturaleza es un laboratorio donde es posible reproducir artificialmente la experiencia. Los patos de la laguna son un ejemplo, me dice Kart; viven en el presente puro y sin recuerdos”, y cada mañana se sorprenden al chocar contra el hielo. Repiten una serie de acciones que son el espejo de una realidad perdida. 

Repiten porque no pueden recordar. Como esos patos salvajes de la laguna y sin posibilidad de una vivencia primigenia a ser re-experimentada, los personajes de Piglia deambulan por un mundo en ruinas buscando hundirse en el fluir de la experiencia para atrapar la fugacidad casi imperceptible del momento presente, aquello que  los filósofos llaman el “acontecer”.

Nancy Lorenzo
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Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

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