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Perón y las naranjas moishes que deconstruyen mitos

Con la llegada de la primavera, no alfonsinista en este caso, acaba de estrenarse “Perón y los judíos” por la plataforma cine.ar, un documental que incorpora voces y miradas contradictorias sobre la relación de la inmigración de la diáspora judía en una Argentina peronista.

 

El periodista y realizador Sergio SlutzkyShlomo, para quien tiene un amigo judío- sale en la búsqueda de una respuesta simple y a la vez compleja. ¿Su padre era gorila? En ese recorrido transita una función de la ópera rock “Evita” en Israel, para meterse luego en un bar de San Telmo, con una decena de amigos peronistas y de los otros. La periodista Alejandrina Morelli, Gerardo Yomal de la maravillosa revista Nueva Sión o el siempre sonriente Juan SalinasPájaro Rojo, para quien tiene un amigo peronista-, se sientan a la mesa a esperar que Shlomo resuelva su duda existencial.

Slutzky piensa y existe a través de protagonistas que vieron de cerca los primeros dos gobiernos de Juan D. Perón, como el legendario Abrasha Rotenberg, que compartió las aventuras del semanario Primera Plana y el diario La Opinión junto a Jacobo Timerman, en sus juventudes militantes con la izquierda sionista.

También conversó con el converso al liberalismo Juan José Pérez Sebreli, de quien recuerda el libro La cuestión judía en Argentina (1967), un texto afín a movimientos populares como el peronismo, compilado por él, con firmas de Rogelio García Lupo, Juan José Hernández Arregui, Ernesto Sábato y Arturo Jauretche, entre otros. Sin duda, la cercanía intelectual de Sebreli con el filósofo Carlos Correas y el semiólogo Oscar Masotta, además de su paso por la revista Contorno (1953-1957) y contacto con los hermanos David e Ismael Viñas, le dieron una mirada amplia que, por la avaricia de la naturaleza, no pudo sostener en el tiempo. En la entrevista sólo afirma que Perón fue un oportunista.

El guión del documental fue escrito por el propio director Slutzky -que oficia de narrador- y Malen Azzam. En su estructura narrativa recupera los estudios del historiador y vicepresidente de la Universidad de Tel Aviv, Raanan Rein, quien en su libro Los muchachos peronistas judíos (Sudamericana, 2015) rompe el mito de un Perón nazi que pactó con los criminales de guerra Adolf Eichmann, Josef Mengele y Erich Priebke, como estrategia para instalar un régimen a imagen y semejanza de Hitler, con el oro robado por los jerarcas del Tercer Reich.

Lo cierto es que existieron grandes flujos de capital alemán hacia la Argentina como el Banco Germánico de América del Sud -confiscado por Edelmiro Farrell al final de la Segunda Guerra, en 1945- y el Banco Alemán Trasatlántico, entre otros canales de flujo del dinero robado por los nazis que buscaban países neutrales para enviar remesas de dinero. Algo así como los paraísos fiscales de los empresarios actuales que buscan evadir controles por el origen ilegítimo del capital.

Se trata de una Argentina con casi 500 mil judíos que desembarcaron con las últimas olas inmigratorias de una Europa en guerra, marcados a fuego por la Shoá u Holocausto nazi, que asesinó a casi 6 millones de judíos, sin discriminar gitanos, homosexuales, discapacitados y afrodescendientes, entre sus víctimas.

Lo cierto es que Perón lejos estuvo de importar una ideología de supremacía racial y exterminio, propia de un pensamiento positivista de la época y afín a las castas locales. El dirigente nunca suscribió a ese evolucionismo idiota y menos a una política basada en rasgos antropomórficos o de herencia genética. De hecho, sería incomprensible la creación de un partido de base obrera e inmigrante, con una cultura de mezcla enfocada en el avance hacia nuevas generaciones de derechos políticos, sociales, laborales y económicos, propias de los ¨Estados de bienestar¨. 

Cabe destacar que las oligarquías preexistentes sí habían intentado construir un país bajo doctrinas totalitarias, en desacuerdo con el sufragio universal y la jornada laboral de 8 horas. Su pecado original puede rastrearse en las batallas por la Independencia, que pusieron bien de frente a las balas a todos los esclavos y sus hijos libres. Por eso, la población negra prácticamente desapareció de golpe en la Argentina moderna, mientras los pocos afrodescendientes que quedaban murieron con la peste amarilla de 1870/1, en tiempos de Sarmiento.

La última vuelta de rosca la daría Julio Argentino Roca con la llamada “Conquista del Desierto”, que exterminó a los pueblos originarios Pampas, Ranqueles y Tehuelches, obsequiándoles frazadas con viruela como símbolo de paz. El plan inmigratorio roquista para crear una “gran nación blanca” -planificada por Juan Bautista Alberdi- fracasó porque la París del Plata recibió turbas analfabetas y harapientas escapadas de un viejo continente empobrecido por su decadencia imperialista sin colonias.

Slutzky no explora la existencia de las organizaciones fascistas de los años 30 ni la denuncia del diputado socialista Enrique Dickmann en 1938, que luego resumirá en La infiltración nazifascista en la Argentina (1939). Emilio J. Corbière -mi santo padre- lo cuenta con detalle en Estaban entre nosotros (1992), donde enumera la larga lista de empresas financiadas por Berlín, en concurrencia con la clase conservadora argentina. Un fenómeno que tiene su trama económica-financiera documentada en casi 200 empresas que recibieron dinero desde Alemania. Entre otras, aparecen la cementera Loma Negra de los Fortabat, Bunge & Born y Tornquist S.A. 

También hubo colectas y planes delirantes para ceder nuestra Patagonia a la Alemania nazi. De ellas participaron el dictador Ramón S. Castillo (1942-1943), Robustiano Patrón Costas, Carlos Agote y Carlos Meyer Pellegrini, sobrino del presidente Carlos Pellegrini (1890-1892). Pero de eso no habla el documental, porque su búsqueda no es derribar el mito de una conspiración propagandística para erigir un Perón nazi, sino entender por qué hay judíos peronistas y explicar que el modelo de Perón lejos estuvo de armar una matriz de odio antisemita.

El creador de la revista Nueva Presencia, Herman Schiller, cuenta que los judíos votaban a la Unión Democrática porque tenían una imágen estereotipada de Perón, quién por un lado pronunciaba discursos antidiscriminatorios y, por otro, era apoyado por la derecha antisemita. Entre esas contradicciones se mueve Slutzky. La abstención en las Naciones Unidas para la creación del Estado de Israel, pero el primer gobierno del mundo que manda un embajador. 

Se trató de Pablo Manguel, el presidente la Organización Israelita Argentina (OIA), una experiencia fallida para competir con la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) que, según surge del documental, devino en un grupo de arribistas al poder del que se distanció Manguel. Curiosamente, su hijo escritor Alberto Manguel también se alejó de la dirección de la Biblioteca Nacional, tal vez por arribistas new age como Pablo Avelluto, a cargo de un ministerio desguazado y devenido en secretaría de Cultura, durante el gobierno de Cambiemos.

Schiller destaca que la prensa de la época no valoró la visita de Perón y Evita al barrio de Once (Corrientes y Ayacucho) para la inauguración de la mencionada OIA, sino que los diarios se dedicaron a ridiculizar la figura de Evita por pronunciar “antisimismo” en lugar de antisemitismo. Algo así como el “alpargatas sí, libros no” característico del pensamiento antipopular.

Así las cosas, el documental muestra que hubo un judaísmo argentino que suscribió al justicialismo disconforme con el “fraude patriótico”. De hecho, una regularidad en los testimonios del documental -se trate de voces afines o críticas del peronismo- está en su conformación como movimiento nacional popular. Un particularismo propio de las experiencias latinoamericanas de líderes fuertes, que por lo general rechazaron a las izquierdas socialistas renuentes a llenar fichas de afiliación política.

Slutzky no le escapa a las clausuras del teatro IFT, como forma de disciplinamiento de una cultura judía que promovía el colectivismo de tipo socialista. Ese que fundó los Kibutz en Israel. Dentro de esta partida de ajedrez Shlomo trata de averiguar si su padre fue un gorila. Y descubre que el darwinismo social no estaba en la evolución del peronismo, sino una búsqueda de equilibrios como solución a problemas inmediatos y la negociación constante en el ejercicio del poder. Si corrían al peronismo por derecha era un movimiento revolucionario que, cuando encontraba un piso firme, se alejaba de los extremos.

En 1951, Evita recibió a Golda Meir, ministra de Trabajo años antes de convertirse en primera ministra de Israel por el Partido Laborista. Perón compra naranjas sin necesidad de cítricos, por sugerencia de Eva, y envía a Israel miles de frazadas -esas marrones con una rayita amarilla- pero sin viruela

Perón, probablemente, le temía al poder de las organizaciones de izquierda sindical aún agremiadas en la Confederación General del Trabajo (CGT), que se hizo peronista a partir de 1945.

Posiblemente el marxismo, el fantasma de la reforma agraria o la presencia de judíos comunistas que trajeron ese ideario utópico de Polonía o de Ucrania, entre otros pueblos de emigrantes  judíos, recibieron un trato injusto por el cuál hoy persiste un antiperonismo ofuscado e irracional en no pocas familias judías. Algunos terminaron presos por “agio y especulación”, como ocurrió con el abuelo judío comunista de quien suscribe la nota. Pero esa es otra historia, porque este documental de Slutzky se ocupa de los judíos peronistas y deja en claro que Perón lejos está de ser Odessa al Sur, como sostienen las investigaciones que anteponen pasiones a la comprensión de los procesos históricos.

fedecorbiere@gmail.com | Sitio web | + posts

Cayó de la universidad pública al mejor oficio del mundo. Periodista y Licenciado en Comunicación Social. También es Magister en periodismo y docente de grado y posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Juntó horas nalga en Tres Puntos, Argenpress.info, Radio UBA y la Agencia Télam. Cuando lo dejan publica maldades en Página/12 o en algún medio digital cojonudo como PostPeriodismo.

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