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Matanzas

El Matanza es un río que arrastra no pocas historias. Nace en la Provincia de Buenos Aires y su afluente termina en La Boca. Marta Molina relata uno del esos desencuentros que se clavan en la memoria. «El otro 17», en noviembre de 1972 sería el retorno definitivo de Juan D. Perón. También el «Día de la militancia» para el pueblo peronista y la crónica anticipatoria de los hechos conocidos como la Masacre de Ezeiza. Este relato es puro amor y esperanza por recuperar aquello que las armas y la violencia política le arrebatarían a toda una generación brillante precupada por recuperar la felicidad de la justicia y la inclusión social.

Camino la misma vereda donde nos besábamos. Detengo mi cuerpo en el sitio donde estuvo tu boca despertando mi boca.

Llegabas puntualmente a la cita. También yo. Tu brazo se pegaba a mi brazo. En el verano la piel se nos unía sin que tomásemos conciencia, porque teníamos la conciencia desvelada en otro sueño.

Ahora estamos en el tiempo de la negación.

La síntesis entre vos y yo es la muerte.

Ni siquiera sé si es la muerte.

Cuando cruzamos el río Matanza, aquella vez, te amé. Ese día 17. Con el ímpetu de mis dieciséis años empapados por la lluvia. Tanta lluvia. Tanto ejército por todas partes. El río era el atajo para llegar. Al menos hasta el puente 12…

Los tanques de guerra estaban puestos en fila. Tomando distancia, como en la escuela, para que la línea fuese perfecta… («…la patria esclavizada, con valor, sus vínculos rompió…»). Pero no escuchamos ningún timbre Para avanzar al aula, ni estaba Sarmiento, mirándonos, encima del pizarrón. Tampoco teníamos esa inocencia diez años con la que creíamos en los héroes sin preguntar por la verdad.

«¿Tirarán? «No creo.» «Tienen ganas.»¿Tenés miedo?”

Los miraba. Sentía que el miedo se me iba. Me parecía que los borraba al mirarlos. Que la fuerza de la que pensábamos bastaba para detenerlos. Que las ametralladoras se habían dado cuenta de la necesidad de cambiar algo, que al menos las ametralladoras no iban a cumplir órdenes, porque no les importaba la subordinación y ellas, en sí mismas, no tenían razones para disparar.

“¿Qué hacemos? «Hay que seguir». «Hay que cruzar el río para seguir». «Está crecido». «Está lleno de basura». “Y ellos, ahí.» No podemos avanzar si no cruzamos…

Río Matanza.

Matanzas.

Fui la primera en sentir el agua sobre la piel, sobre la misma piel que se pegaba a la tuya sin saberlo cuando íbamos juntos a cumplir tareas de masa, o a formar cuadros en el Gran Buenos Aires… Vos los formabas. Yo aprendía, dejando caer dentro de mí, una a una, todas tus palabras.

Agua sucia sobre la piel. Olor sucio del agua. Olor a Historia que se pudre. A Historia que pudren los que juran por Dios y por la Patria. Dios es para ellos otro tanque de guerra con el que nos apuntan al miedo. La patria s para ellos su patrimonio. Empieza y termina en sus empresas. En sus bancos. En sus estancias.

Qué mal olía el Matanza. Los dedos se nos enredaron lentamente. Hasta el borde de mi boca llegó el agua en la mitad del río. Tus dedos y mis dedos eran una sola mano. Te sonreí. Me besaste en la mitad del río.

Era la afirmación.

«¿Tenés miedo?» «Ya no.»

El hombre nace en pecado sólo por ser hombre. Pecado original. Debemos pagar la culpa. Merecemos el castigo por no ser dioses. Pecado es nuestra carne. La plusvalía es el castigo. Dios nos castiga con la explotación. Los que nos explotan son los elegidos del Señor. Ellos están a salvo. Dios no perdona a los pobres sino a los poderosos. La plus-valía es la prueba del perdón. Dios ama el poder… Motivos hay para que lo imaginen omnipotente.

Volvimos. Eran las doce de la noche. ¿Te acordás? Fuimos a Ezeiza porque la clase obrera estaba allí y allí debíamos estar, acompañándola. Nosotros, intelectuales incipientes, inexpertos. (Al menos yo). Soñadores tomados de la mano, en la mitad del río.

Eran las doce de la noche cuando llegamos a la casa. Atravesamos el baldío empapados. Tiritabas dentro de mi piel. Íbamos sin tocarnos. Subimos los dos pisos por la escalera agujereada. De un hierro tan viejo que ya no lo parecía. Golpeamos la contraseña en la puerta. Era verde. ¿Te acordás? Verde descascarado, verde claro. Nunca voy a olvidar ese color. Ni esa puerta.

¿Todos somos iguales ante Dios? «Amaos los unos a los otros». Eso lo dijo Jesús. Y cayó. Él también cayó. Los curas están de acuerdo con el capitalismo? Algunos no, es cierto. A ellos también los matan.

La puerta verde, mi amor. ¿Cómo olvidarla? «Vos sos mi compañera.» Me lo dijiste antes de que se abriese, rozando de nuevo mi boca con el barro pegado en los labios, como la habías rozado en el agua. Y me miraste hondo. Muy adentro. Hasta todo el después. Hasta el fin de la ausencia.

Hicimos la crítica de ese día. De ese día 17 que, al menos para vos y para mí, es historia.

Hicimos la autocrítica. Analizamos las tácticas inmediatas. Redefinimos la estrategia. Estábamos agotados. Tomábamos mate para sacarnos el frío, con la radio prendida, en el piso, tapando el eco de nuestras ganas de cambiarlo todo.

La casa de Gaspar Campos.

Había vuelto.

«Luche y vuelve».

Y volvió.

Creíamos en el 73. Vos estabas vivo y yo te amaba. Mientras tanto, la facultad. Tu último año de Filosofía. Mi primer año de Letras.

De bellum Galicum, mi amor. «Alia iacta est…» La suerte estaba echada, mi amor. Platón, la República. ¿»fiulak» o «führer»? Dentro de la «caverna» todo es «doxa». Traducir a Eurípides, el griego parece griego, no se entiende nada. Los verbos en «-mi». A la recherché du … temp pardu… El tiempo perdido, mi amor. ¿Quién va a devolverme tu presencia? Menéndez y Pidal. Góngora. Seamos tomistas, aristotélicos y sensatos. La commedia. «lI dolce stil novo»… Macbeth.

Los «imberbes» se habían ido de la plaza. «La metafísica estudia el ente en tanto ente» ¿El ente de Heráclito? ¿O el ente de Parménides? Murió el Viejo.

76, 77, 78… Vámonos de aquí, mi amor. Vámonos ya. Te falta la tesis. Presentala… Es un milagro que estés todavía. ¿Dónde más vas a esconderte?

Defendí mi tesis.

Alguien vino a decirme esta mañana que no vas a volver a besarme en la mitad de ningún río.

Marta Molina
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Marta Molina es bella. También es Licenciada en Letras (UBA). Escribió "Sudacas" (Otromodo, 2005) y un montón de poesía: "Piel escrita" (1973), "Amelia" (1980), "Alrededor del silencio" (Viciguerra, 2010) y mil versos que circulan por infinidad de antologías. Poeta, ensayista y luchadora, le pone voz a PostPeriodismo. No podemos dejar de escucharla.

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