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Los primeros feministas en el contexto de la Revolución Francesa

Durante el siglo XVIII, distintas disciplinas entrecruzaron sus enfoques para “naturalizar” la feminidad exacerbando la relación entre los sexos en términos de diferencia física, lo cual incrementó el peso de los prejuicios de la época sobre la naturaleza de la mujer y la percepción de la frontera entre el espacio privado y público. Los rasgos impresos por la naturaleza tornaron difícil un pensamiento de igualdad política; por eso, la cuestión del derecho al voto de las mujeres ni se mencionó en la Asamblea Constituyente de 1789.

Sin embargo, en esos años revolucionarios surgieron los primeros partidarios de la igualdad política aplicada a las mujeres y pelearán en primera fila contra la naturalización de la inferioridad femenina. Si bien no fueron numerosos, varios feministas tenían como propósito fundamental denunciar como simples prejuicios las descripciones tradicionales del ser femenino. En efecto, Francois Poullain de La Barre -considerado el precursor del feminismo- sostenía que: Estamos llenos de prejuicios. De todos los prejuicios, el más exacto que hemos notado es el que se tiene sobre la desigualdad de los sexos. La raíz de estos prejuicios se debe a una simple constatación: A menudo se adjudica a la naturaleza aquello que no proviene más que de la costumbre.

Otro feminista, Emmanuel-Joseph Sieyès -uno de los teóricos de las constituciones de la Revolución francesa y de la era napoleónica– también utilizó el vocablo “prejuicios” para deplorar la exclusión política de las mujeres ya que “En el estado actual de las costumbres, las opiniones y las instituciones humanas, vemos a mujeres llamadas a portar la corona; y, por una contradicción extraña, no se permitiría en ninguna parte contarlas entre los ciudadanos activos.” 

Por su parte, Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, más conocido como el  marqués de Condorcet se basó en la naturalización artificial de las incapacidades de la mujer para asumir su defensa en un artículo del Journal de la societé de 1789  donde consideraba que: “Sería difícil probar que las mujeres son incapaces de ejercer los derechos de ciudadanía. Los derechos de los hombres son únicamente resultado del hecho de ser seres sensibles, susceptibles de adquirir ideas morales y de razonar sobre estas ideas; así las mujeres, al poseer estas mismas cualidades, tienen necesariamente derechos iguales. O ningún individuo de la especie humana tiene verdaderos derechos, o todos tienen los mismos.” 

Ahora bien, además de la especificidad natural las mujeres también eran segregadas por la creencia de la desigualdad de talentos y de capacidades que atravesaba al mundo masculino de la época. Condorcet lo expresaba sin tapujos: Si se admitieran contra las mujeres razones parecidas (las que se alienen a las incapacidades deseadas de su naturaleza) habría también que privar del derecho de ciudadanía a la parte del pueblo que, volcada en el trabajo sin descanso, no puede adquirir luces, ni ejercer su razón, y pronto, poco a poco, sólo se permitiría ser ciudadanos a los hombres que hubieran tomado un curso de derecho público. La única opción verdadera para Condorcet se encontraba  entonces entre el sufragio sujeto a las capacidades y el sufragio verdaderamente universal. Excluir a las mujeres porque presentan tal o cual característica física o intelectual sólo sería aceptable si los hombres fueran privados del derecho al voto por razones equivalentes. 

Si Condorcet y el puñado de feministas pioneros no fueron escuchados fue porque los hombres de 1789 no consideraban a las mujeres “verdaderos individuos”. Al estar identificada con la comunidad familiar, la mujer quedaba despojada de la individualidad. Era el alma del hogar, su principio espiritual, mientras que el hombre encarnaba el principio jurídico. Paradójicamente a partir de la revolución, la mujer quedaba así  aún más relegada a la esfera privada, unida al hombre por un lazo de orden estrictamente natural, cuando éste último era reconocido plenamente como sujeto autónomo y participaba directamente en la soberanía política. 

De 1789 a 1791, las reivindicaciones de los feministas a favor de los derechos políticos de la mujer siguieron siendo limitadas. Las cosas empiezan a cambiar a partir del otoño de 1792, cuando el movimiento social se radicaliza y grupos de mujeres se manifiestan como fuerza de presión en las calles o en los clubes. La cuestión de que la mujer debe votar en tanto que es un individuo se aborda por primera vez en ocasión de los intercambios sobre el proyecto de la nueva Constitución. 

En este punto, el político Pierre Marie Augustin Guyomar se distingue de la mayoría de sus contemporáneos. No es que fuera más feminista que los demás: su originalidad consistía en considerar a la mujer como un ser autónomo en estado de naturaleza: El hombre y la mujer son independientes uno del otro en el estado de naturaleza en que los encuentros son fortuitos. En una democracia, en un gobierno que se acerque lo más posible al estado de naturaleza, el hombre y la mujer son cada uno un todo, es decir, miembro del poder soberano. 

Aquí encontramos explicado por primera vez el feminismo radical ya que no es a las mujeres en su especificidad a quienes Guyomar desea que se les otorgue el derecho al voto: es al individuo absoluto, cuya determinación sexual es perfectamente secundaria. Y es en este camino inaugurado por Guyomar que las feministas continuarán su reclamos en los siglos XIX y XX.

Bibliografía utilizada para el presente artículo: Pierre Rosanvallon: La consagración del ciudadano. Historia del sufragio universal en Francia 

Nancy Lorenzo
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Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

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