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La vuelta a casa en 80 días

Desde el día en que empezó esta cuarentena, vengo fabricando mi futura melancolía. Creo que todavía no terminaba de instalarse cuando la miré de frente y aunque era horrenda la bauticé con el mejor nombre posible. Soy parte de la elite privilegiada que puede trabajar desde casa y cobrar su sueldo entero, así que miré al cielo y aproveché ese regalo de la vida para imaginarla como un tiempo de oro, en el que hacer todo lo que siempre quise: desayunar en la cama, ponerme una babucha arriba del pijama los días de frío como cuando iba a la escuela, comer calentitas mis cuatro comidas (y más también), dedicarle al yoga y la meditación el tiempo que se merecen, bañarme sin correr, contemplar mi mundo, mis gatos, mis plantas; transplantar las que pedían a gritos una maceta mejor, ver crecer otras nuevas desde semilla, irme temprano a la cama y achicar mi lista de películas pendientes, ordenar mis álbumes de fotos, pasar en limpio viejos diarios de viaje con los que planeaba iniciarme en el arte del scrapbooking, y creo que le quedan un par de cosas más a mi lista.

En todo este tiempo tuve que trabajar el doble o tal vez el triple que lo habitual. Todos los que hacemos homeworking sabemos que perdimos el privilegio de tener horarios y días no laborables. No me quejo. También fue un tiempo para la solidaridad, para tender la mano a otros desde la complicada logística de mis cuatro paredes. Mi matemática del tiempo fue demasiado optimista y pifié en los cálculos. Mi sueño dorado de tener tiempo libre hasta para aprender ruso no fue tan así. Al día de hoy bordé la mitad, leí la mitad, vi pocas películas, escuché mucha música eso sí, le di al yoga menos lugar del que pensaba y por supuesto jamás me fui a dormir temprano. 

La cuarentena todavía no se acaba y yo sigo fabricando mi postal de estos días. Una postal paralela a la que quedará del mundo. 

Cuando en el futuro abran la cápsula de estos tiempos, sabrán que fueron difíciles, llenos de contagios, de muertes, de miserias, de confrontaciones, de calamidades. Pero ahí adentro estará mi pequeña píldora del tiempo: Mientras todo eso pasaba, yo me habré llenado de libros y poesía, sabré tocar un poco mejor la guitarra, tal vez cantar, tendré el cuerpo descansado, las ojeras menos grises, el pelo más sano. Recordaré mi casa siempre con olor a limpio. Mis gatos extrañarán sus bateas impecables. Anhelaré el olor a pan. Extrañaré haber meditado en un silencio único, sin bocinas, sin taladros, sin martillos. Habré visto crecer mis pimientos, mis rúculas, día por día y, si las semillas prosperan, en la primavera habrá flores en mi patio. 

Cuando la cuarentena haya pasado voy a tener una foto mental de este tiempo lo más distinta posible a la del noticiero. Y mi playlist «Cuarentena» de Spotify, que musicaliza estos días, sonará cuando lo necesite para recordarme que hay un mundo afuera y otro adentro mío. Y que por suerte no son iguales.  

Andrea Caldararo
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Abridora de puertas, tendedora de puentes, tejedora de amistades, cultora del espíritu y aprendiz crónica de cosas, con 30 años de experiencia en el uso de la practicidad y la creatividad para encontrarle soluciones a las cosas que nadie quiere, sabe o puede hacer. Formada en los mejores colegios y universidades, pero eso es secundario.

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