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El poder de Eros (Marvel ya fue)

En las décadas del 50 y  60 del siglo XX, la Escuela de Frankfurt elabora una Teoría Crítica de la sociedad. Herbert Marcuse fue uno de sus referentes. En tiempos de automatización de procesos e Inteligencia Artificial en los algoritmos que nos gobiernan, se torna súper necesario volver a revisar sus escritos. En especial la imaginación liberadora frente a las tecnologías de control. ¡Chupate esta mandarina!

Esa corriente de pensamiento tuvo la potencialidad de hacer patente la naturaleza legitimadora de la ideología dominante y opresiva del capitalismo. Se consolida así una representación de la identidad como resultado de la acción racional técnico-productiva; una entidad desprovista de significado y sensibilidad social, solapando con valor de cambio todo lo que estaba a su alcance.

Uno de los principales exponentes de la Escuela de Frankfurt -Herbert Marcuse -publica Eros y civilización en 1953.  La primera edición tenía como subtítulo: “Contribución a Freud”; pero más que una contribución la obra es un diálogo crítico con el Sigmund Freud de El malestar en la cultura; para quien la interdependencia de libertad y represión, producción y destrucción, tiranía y progreso, es el principio constitutivo de la civilización. De este modo, la represión del placer y el retraso de la satisfacción de los deseos son necesarios para la integración colectiva de los hombres en la cultura. Por ende, el designio de ser felices que nos impone el  principio de placer es irrealizable.

Frente al pesimismo freudiano, Herbert Marcuse considera que el concepto de necesidad -la eterna justificación del orden represivo contrario al placer y la libertad-es algo caduco que sólo puede conservarse artificiosamente. Es decir, lo que para Freud era pura y simple penuria, pobreza interior y exterior que requería controles y leyes severas y aniquilación del deseo,  para Marcuse es algo que sólo se perpetúa a través de una “super-represión”: de una coacción adicional cuyo sentido radica en la conservación de los viejos modos del status quo previo a la realidad tecnológica y presidido por una lógica del dominio y la fuerza.

Es decir, la represión básica, señala Marcuse, viene constituida por las modificaciones de los impulsos que son necesarias  en la civilización, pero la super-represión o represión excedente expresa únicamente las restricciones que se hacen necesarias para conservar la dominación social: el interés de la dominación agrega represión sobrante a la organización de los instintos bajo el principio de realidad.

De este modo, nuestro mundo ya no está regido por un “principio de realidad” opuesto al “principio de placer” como Freud creía, sino por un “principio de actuación o  rendimiento” forma específica del control interior y exterior en la sociedad industrial contemporánea. De ser así, las realizaciones históricas actuales de la cultura harían  posible la creación de condiciones previas para una abolición progresiva de la represión, dando como resultado una sociedad centrada en la idea del unificante y gratificador poder de Eros.

Como señala Marcuse, si bien la sociedad tecnológica mina las justificaciones de la represión, responde con nuevas formas de control: esteriliza al hombre organizando su ocio e impartiendo incesantemente consignas a través de los medios de información, encargados de transformar el viejo deber de producir en el nuevo de consumir; se “compra” la libertad interior del individuo ofreciéndole crecientes comodidades antes las que el hombre no se detiene, sino que consume exigiendo cada día más y más, consumiendo incluso la alienación en la cual se halla inmerso.

De esta forma la sociedad tecnológica terminó reforzando la dominación ya que la mecanización transformó la libido y la focalizó para cumplir con las necesidades del trabajo y del rendimiento. El sexo se integró a las relaciones públicas y de trabajo y los componentes libidinosos fueron incorporados a la producción y circulación de mercancías.En la actualidad, las necesidades de los sujetos están condicionadas, impuestas por los intereses de los grupos sociales dominantes; el individuo quedó despojado de toda personalidad, carece de espesor y relieve, es un ser “unidimensional”. Este fenómeno de  integración y uniformidad, característico de la sociedad de consumo es lo que Marcuse denomina “desublimación represiva”; aquello  que busca igualar a toda la sociedad con el rasero de lo inferior: el culto a la personalidad, a la autonomía, al humanismo es el ideal de una época superada.

La solución consiste, para Marcuse, en llevar hasta sus últimas posibilidades el sentido de la cultura tecnológica evitando, sin embargo, el círculo de los controles cada vez más sutiles implicados en el desarrollo de la automatización, es decir, las instituciones del principio de rendimiento, herederas del caduco principio de realidad represivo.

Al lograrse la infraestructura económica necesaria, la imaginación y la actividad de la fantasía serán liberadas y orientarán el desarrollo futuro de la humanidad, el bienestar será un valor político y social: el nuevo criterio de la civilización será Eros y su nuevo  principio, el principio de placer. De esta manera, el objetivo será la satisfacción total del hombre mediante la liberación de todas las inspiraciones ligadas a los arquetipos de la especie.

Lo esencial, dice Marcuse, es reorientar radicalmente la producción hacia una vida de la que estaría proscripta la represión inútil; una existencia en la que vivir no sería sólo un medio para ganarse la vida, sino un fin en sí mismo y donde la productividad destructiva sería eliminada. Esto supone la socialización de los medios de producción, una economía planificada y orientada hacia la abolición de la pobreza y la escasez, conjuntamente con el desarrollo de las necesidades de felicidad y placer

En este contexto, Eros ya no estará limitado a la esfera corporal, puesto que la idea estética de una “razón sensual” sugiere que la erotización del espíritu también es posible. Eros y civilización concluye así en un movimiento especulativo donde es posible un nuevo orden humano que se dibuja  a partir de la fantasía y de las imágenes de los héroes culturales de Narciso y Orfeo: un orden caracterizado por la extensión de Eros a todos los aspectos de la vida, incluso al proceso de producción.

Cabría preguntarse si hoy, en la era de la globalización, en un mundo diezmado por la injusticia distributiva, cuyos componentes libidinosos están integrados a la producción y circulación de mercancías, donde los miembros de la sociedad han perdido su libertad interior y viven con el delirio del consumo conspicuo exigiendo cada día más y más, conforme dictamina el consumismo audiovisual “made in América”; las personas estarían dispuestas a romper sus cadenas para vivir de la manera más favorable a su naturaleza, recuperando aquello que tenían como inalienable y esencial: la libertad.

Herbert Marcuse, entrevista realizada por Bryan Magee. Año 1978

Nancy Lorenzo
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Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

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