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La sociedad del cansancio y el aroma del tiempo

En esta breve reseña sobre el intelectual surcoreano radicado en Berlín, Nancy Lorenzo nos acerca a una novedosa filosofía crítica. Nuestro actual mundo de monotributistas (ponele) confirma que en estae hipercapitalismo los explotadores son los mismos explotados. ¿Seguiremos así hasta que nuestros corazones implocionen por cansancio? La clave está en el poder, que es uno sólo y no se divide. El amo y el esclavo son uno mismo frente al espejo de un éxito imposible de alcanzar. “Ya no nos enfrentamos a la aceleración del tiempo, sino a su fragmentación”, y en eso se nos va el amor frente al deseo erótico, explica el filósofo Byung Chul-Han.

En su libro La sociedad del cansancio (2010), el filósofo surcoreano Byung Chul-Han considera que en la actualidad pasamos de vivir de la sociedad del deber a la sociedad del poder. En esta sociedad del rendimiento, la llamada a la motivación es más útil que el látigo y el mandato. El sujeto es su propio empresario, se explota a sí mismo y lo hace en completa libertad. Esta coacción de uno por sí mismo y la concepción de uno mismo como proyecto genera culpa en el fracaso. Todo lo que no sea un acto o una actividad queda expulsado del mundo. El triste y célebre dictum germano –Arbeit macht frei– es equívoco. Dice Byung Chul-Han: “El trabajo no hace libre. El dispositivo del trabajo crea una nueva servidumbre”.

Al hacer del trabajo el todo se anula cualquier otra forma de vida: el amor se positiva como sexualidad, y ésta a su vez está sometida al dictado del rendimiento. Si la sensualidad es un capital que hay que aumentar, el cuerpo equivale a una mercancía: “El otro es sexualizado como objeto excitante, se le consume, no se le ama.”

Ahora bien, es indudable que en Byung Chul-Han persiste un núcleo de presupuestos existentes en varios autores ante la sociedad moderna: cuanto más avanza la cultura, tanto más crece el malestar social; los hombres pierden su libertad y su individualidad, se masifican y se someten al funcionamiento del todo.

Si bien la sociedad tecnológica, escribe Byung Chul-Han, mina las justificaciones de la represión, responde con nuevas formas de control: esteriliza al hombre organizando su ocio e impartiendo incesantemente consignas a través de los medios de información, encargados de transformar el viejo deber de producir en el nuevo de consumir; se “compra” la libertad interior del individuo ofreciéndole crecientes comodidades antes las que el hombre no se detiene, sino que va con el delirio del consumo conspicuo exigiendo cada  día más y más; en síntesis, termina consumiendo la alienación en la cual se halla inmerso.

Como sostiene en La agonía del Eros (2014), en los tiempos recientes el amor se está enfriando debido a la racionalización y a la ampliación de la tecnología de la elección. Por encima de ello hay algo en marcha que ataca al amor mucho más que el culto a la libertad o a la posibilidad ilimitada: la experiencia erótica presupone la asimetría y exterioridad del otro pero en el mundo actual el otro está padeciendo una erosión debido a un excesivo narcisismo de la propia mismidad.

El otro, que yo deseo y me fascina, carece de lugar: en una sociedad de consumo que aspira a eliminar la alteridad atópica a favor de las diferencias consumibles se hace más y más raro el amor. La diferencia es una positividad, en contraposición a la alteridad. De esta manera, el amor se positiva para convertirse en una fórmula de disfrute que debe engendrar ante todo sentimientos agradables. En la sociedad del rendimiento, dominada por el poder, en la que todo es posible y todo es proyecto, el amor como pasión radical no tiene cabida. Queda así  la imagen de una sociedad cada vez más dominada por el narcisismo y la auto-referencia, donde tiene lugar la  «pérdida del deseo», la desaparición de la capacidad para dedicarse al «otro», al extraño, al no-yo. Giramos alrededor de nosotros mismos, nos restringimos en nuestra mismidad y somos incapaces de construir relaciones con los demás. Incluso el amor y la sexualidad se impregnan de este cambio: socialmente, el sexo, la pornografía y el exhibicionismo están desplazando al amor, al erotismo y al deseo en el ojo público.

Disincronía

La abundancia de positividad y autorreferencia conducen a una pérdida de interacción que va unida a la crisis temporal contemporánea: ya no nos enfrentamos a la aceleración del tiempo, sino a su fragmentación, a la que Byung Chul-Han: denomina “disincronía”: cada momento es idéntico, monótono; no existe sentido y/o significado. El tiempo huye debido a que nada concluye, todo es efímero y fugaz.  Sin embargo, la crisis sobre el tiempo en la posmodernidad no tiene porqué traer consigo un vacío temporal, pero para ello se necesita un cambio, es decir que la vida activa acoja nuevamente a la vida contemplativa: La demora contemplativa concede tiempo. Da amplitud al Ser, que es algo más que estar activo. La vida gana tiempo y espacio, duración y amplitud, cuando recupera la capacidad contemplativa”

Una lectura apresurada de nuestra época concluye que ésta cursa a una velocidad desmesurada y que la solución sería pisar el pedal del freno. Sin embargo, Byung Chul-Han no lo entiende así. Desacelerar no basta porque esta crisis no está provocada por la aceleración. El problema auténtico está en la ausencia de sostén del tiempo: “Las cosas se aceleran porque no tienen ningún sostén, porque no hay nada que las ate a una trayectoria estable”.

El tiempo se mueve sin sentido y no tiene aroma: “El tiempo comienza a tener aroma cuando adquiere una duración, cuando cobra una tensión narrativa o una tensión profunda, cuando gana en profundidad y amplitud, en espacio. El tiempo pierde el aroma cuando se despoja de cualquier estructura de sentido, de profundidad, cuando se atomiza o se aplana, se enflaquece o se acorta. Si se desprende totalmente del anclaje que le hace de sostén y de guía, queda abandonado. En cuanto pierde su soporte, se precipita”

Es decir, como señala Byung Chul-Han es posible -ante la escisión y fragmentación actual- encontrar un sentido, un hilo que se recupera con la vida contemplativa, con la demora, con el no-hacer. Por ende, la vida activa ha de integrar dentro de sí la vida contemplativa: “Sólo cuando uno se detiene a contemplar, desde el recogimiento estético; las cosas revelan su belleza, su esencia aromática”.

Nancy Lorenzo
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Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

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