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La máscara de la muerte roja

La humanidad está en crisis y se trata de un problema universal por un simple virus al que los mercados y los gobiernos no le prestaron atención cuando brotó el  SARS-CoV, (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) entre 2002 y 2004. Lo del COVID-19 pasó de severo a grave, incluso, sin tener el virus la complejidad de una célula o del HIV. Así, por falta de inversión en las áreas estratégicas de la salud, este bichito puso en emergencia sanitaria a todo el planeta sin discriminar regiones ni el grado de centralidad de los países se encuentren o no dentro de la familia de las Naciones Unidas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS)  tomó nota en la China de entonces, pero los laboratorios siguieron enfocados en hacer drogas de diseño legal llenando los anaqueles de energizantes, ansiolíticos, multivitamínicos y analgésicos para seguir la marcha, porque el mundo no para y la productividad posmoderna es los importante.

Sin embargo, aquellos principios éticos que afirman la vida frente a la muerte hoy nos obligan a repensar nuestro presente, seamos liberales, radicales, socialdemócratas, peronistas, socialistas o anarquistas. El problema de explotar la naturaleza para ponerla al servicio del hombre entró nuevamente en debate.

El valor de cambio, de uso, o el plusvalor resultan anecdóticos cuando más de un tercio de la población mundial presentó a mediados de mayo 4,988,994  millones casos de coronavirus, con 324,958 muertes registradas.

Por un rato nomás, el planeta puso pausa y entró en boxes. Luego del temblor, lo más probable es un escenario de destrucción creativa con un capitalismo más humanista, pero en la práctica, con menos personas mayores que erosionan las cuentas públicas y pobres a los que debe asistir el Estado. Esa fue la teoría de Donald Trump hasta que Nueva York tuvo que comprar camiones frigoríficos para sus más de 16 mil muertes sobre 226 mil casos, contabilizados hasta mediados de abril. 

Argentina tiene copias carbónicas de sujetos similares, en enanos darwinistas sin peluca que replican la necesidad de sostener la economía en lugar preservar la vida. También bastoneros televisivos como Alejandro Fantino que le hacen coro a este discurso del odio contra los más necesitados e instalan a figuras como el tecnócrata Luis Espert, incluso cuando se trata de una persona anodina sin aceptación popular. Cabe recordar que Espert fue el último orejón del tarro  en las elecciones 2019, con el 1,47 % de los votos.

Más allá del lío que se armó en la cartera que dirige Juan Cabandié por la megaminería justificada por los gobernadores provinciales en la generación de empleo y recursos económicos, incluso cuando se le pone cianuro al agua, el gobierno de Alberto Fernández eligió el vector de la vida.

En estos días de cuarentena el coronavirus le ha puesto fin a la fiesta neoliberal. Mientras tanto los ricos se dan cuenta que no pueden vivir sin los pobres y eso de limpiar sus propios baños les da aún más asco que la polenta con pajaritos.

Mientras los especuladores de siempre llevan el dólar por encima de los 100 pesos, el drama del encierro, el desempleo estructural y la violencia contenida con políticas sociales son los frentes inmediatos de una de las batallas más extrañas que debemos afrontar. 

Tiene rasgos inéditos frente a otras epidemias, como la fiebre amarilla en tiempos de Sarmiento. Por entonces, se pusieron barricadas en la zona sur de Buenos Aires (San Telmo y La Boca) y los ricos se mudaron a las quintas de la zona norte (Belgrano y Barrio Norte), dejando morir al populacho. Algunas versiones no confirmadas insisten en que debajo de la Plaza Dorrego hubo fosas comunes para las víctimas fatales.

Hoy las tecnologías de la información y la comunicación dinamizadas en los teléfonos inteligentes permiten actualizarnos en tiempo real sobre lo que ocurre en otras partes del mundo y adelantarnos en las estrategias locales. 

En esto están Alberto Fernández y Ginés González García, previendo soluciones frente a la experiencia externa y actuando con celeridad. Las obras de transformación en Tecnópolis para la asistencia sanitaria a casos inminentes muestran ese compromiso con quienes viven en el conurbano bonaerense, el principal foco de posibles contagios.

Desde 2010, Argentina tiene Internet de baja calidad pero con presencia nacional, gracias a la creación de la Red Federal de Fibra Óptica. Sus enlaces llegaron a conectar en 2019 más 1300 localidades, principalmente, porque  Mauricio Macri no pudo meter su mano en la lata del financiamiento por tratarse de fondos de carácter fiduciario generados por un impuesto a las prestadoras de telecomunicaciones equivalente al 1 por ciento de su facturación anual.

Argentina tiene pisos tecnológicos en las escuelas, precarios pero con repositorios digitales que permiten al ministerio de Educación ponerse el guardapolvo blanco y darle un trato igualitario a estudiantes de nivel primario y medio en el lugar en que se encuentren. 

Eso es parte de un Estado de Bienestar que ahora celebra inexplicablemente hasta el propio Eduardo Feinmann, en sus largos diálogos para estirar la tarde con sus colegas Jonatan Viale y Luis Novaresio, por A24.

Así las cosas, se observan tres tipos de encierro. El de las clases medias urbanas con mucho Netflix para pasar el rato, preocupadas con razón por pagar las cuotas de las prepagas y en algunos casos de los colegios privados. El encierro en el conurbano a punto de explotar porque los sectores más golpeados por la crisis viven allí, muchos de los cuales viven del trabajo informal o tienen que viajar a Capital a diario; y el de los countries con la versión reloaded estilo campo de acomodados como Marcelo Tinelli, quién como no es ningún boludo y se fué a Esquel 14 horas antes de decretarse la cuarentena.

De estos caminos sin salida la presencia del Estado prevé garantizar la salud de los que no tienen recursos para pagarse un avión chárter al sur. Esa política genera la posibilidad a largo plazo, si el ruido de los intolerantes que nos aturden en los medios no nos agobia, de repensar un mundo que no explote la naturaleza ni la desprecie: en especial por el capitalismo salvaje o los salvajes en los medios que contribuyen a ese capitalismo inhumano, darwinista y que pretende  la alquimia de un mundo de privilegios con sangre azul.

La sangre es roja como la máscara de Edgar Allan Poe, los nobles de hoy no están exentos a la plaga y el confinamiento en Palacio. Vaya encrucijada que recorre los refugios bajo la sombra de un huésped sin rostro que llegó para quedarse.

Pero no hacerse los piolas y mandar a los más pobres a viajar en bondi, hacer trasbordo en el tren y llegar al trabajo para que la economía arranque. Eso es el equivalente a las barricadas de San Telmo.

fedecorbiere@gmail.com | Sitio web | + posts

Cayó de la universidad pública al mejor oficio del mundo. Periodista y Licenciado en Comunicación Social. También es Magister en periodismo y docente de grado y posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Juntó horas nalga en Tres Puntos, Argenpress.info, Radio UBA y la Agencia Télam. Cuando lo dejan publica maldades en Página/12 o en algún medio digital cojonudo como PostPeriodismo.

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