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El reflejo del ñandú

El falso documental es un género cinematográfico que se construye al exhibir como sátira o parodia eventos de “lo real”. En esta especie se inscribe “La era del ñandú”, el film de Carlos Sorín que en 1987 nos devolvió una imagen del tratamiento irresponsable del conocimiento científico y que nos ayuda a posar una mirada crítica sobre el vínculo entre medios de comunicación, ciencia y sociedad.

No cabe duda que muchos llegamos a la obra obligados por un docente que omitió señalar que era una ficción pero una mirada atenta podía advertir que el film está dedicado a Jorge Luis Borges y Leonard Zelig (el hombre camaleón del film de Woody Allen), a quienes designa “maestros de los apócrifo», aquí un primer indicio que nos permite inferir que los 39 disparatados minutos que siguen no están basados en hechos reales ¿o sí?

El arte especula con la realidad, tiene la capacidad de actuar como un espejo y como un prisma; siguiendo esta idea, podemos decir que el film de Carlos Sorín refleja y deforma el tratamiento irresponsable que los medios de comunicación nacional efectuaron sobre el uso de la Crotoxina. Para quienes el concepto no les remite a nada, cabe recordar que en nuestro país, allá por mediados de la década de los ochenta, se difundió que dicha droga obtenida del veneno de la serpiente cascabel curaría el cáncer.

La Crotoxina es por antonomasia un ejemplo de la mala comunicación científica en nuestro país aunque el manejo imprudente de asuntos inherentes a la salud pública sigue vigente o incluso exacerbado en el marco de la pandemia. Por eso volver a ver “La era del ñandú” es una forma de reflexionar sobre la proliferación de discursos que carecen de validez científica y su circulación a través de los medios de comunicación.

En primer lugar, el film nos sitúa en la opulenta Ciudad de Buenos Aires “hace algunas décadas” cuando emerge un descubrimiento científico, la Bio-K2, un reconstituyente celular que tendría la capacidad de alargar la vida humana. Tras esto, los medios de comunicación y sobre todo una incipiente televisión nacional (como se suele denominar a los canales de TV porteños) se nutren de la lógica del sentido común y no dudan en hacerse eco de un rumor “inquietante” que circulaba en la sociedad de la época.

El murmullo sobre la promesa de prolongar la expectativa de vida fue “in crescendo” puesto que la nueva droga alcanza un lugar destacado en la opinión pública recién al ser ratificada por un sector de la comunidad científica, en este caso, el ámbito médico. Por este motivo, el guión que escribió el entonces novel Alan Pauls funciona como una alegoría del constructo ciencia y sentido común, tal es así que pone en discusión a ambos ya que exhibe la ligereza con la cual el ámbito mediático difunde sin tapujos un hecho ilusorio y la legitimidad que las instituciones médicas le otorgan a dicha farsa.

No obstante, ciencia y sentido común no son equiparables, el ámbito científico ocupa un lugar de privilegio como fuente de comprensión de la realidad circundante y se destaca al poner como presupuesto la existencia de algo permanente y externo, mientras que desde el conocimiento popular muchas veces nos quedamos con meros espejitos de colores. Ahora bien, la singularidad del film es reflejar que el ámbito científico para no caer en estos “espejitos” debe ser “abierto y criticable”.

Entonces, “La era del ñandú” relata supuestos “hechos” de forma absurda con el objetivo de fomentar un pensamiento crítico en relación a cómo se otorga legitimidad a la información científica que circula desde los medios de comunicación.

Una cualidad del falso documental es que sigue la estructura del género que le da origen, por este motivo, se incluyen voces autorizadas que son las que nos explican los sucesos, aunque al ser parodia el espectro es muy variopinto: incluye desde un endocrinólogo a una astróloga, desde una periodista a un boxeador o desde un compositor a un sociólogo. De esta forma, le otorga la palabra a especialistas y personajes populares, algunas voces sólo destacan las ventajas monetarias de prolongar la vida humana mientras que otras ponen la lupa sobre los sistemas científicos y mediáticos. Precisamente, nos muestran que la televisión “omite información” y da lugar a que médicos realicen un “monólogo” que “no sirve a la ciencia” e incluso nos revelan que “los medios de comunicación pueden tomar un tema científico, manipularlo hasta convertirlo en una causa mística o política”.

El falso documental hace ostensible como el discurso mediático asigna promesas de verdad sin fundamento real y la originalidad en este caso es no quedarse en una mera enunciación sino que, por el contrario, fomentar una mirada crítica que sea capaz de dudar sobre las imágenes que nos generan una ilusión de realidad, sobre todo cuando se abordan temas tan sensibles como la vida o la muerte.

El film es una muestra de cómo el arte funciona como agente de comunicación de la ciencia al permitir un ejercicio de auto-reflexión: el espectador tiene que poner en tela de juicio las representaciones que son dadas como naturales. El cristal de la cámara instala una discusión sobre lo planteado como verosímil desde el ámbito mediático y médico, además recurre al humor que es una herramienta infalible para notar el artificio.

Nunca sabremos cuál era en realidad el proyecto de la figura enigmática del Doctor Guillermo Kurtz (claro homenaje al coronel de “Apocalypse Now”) o por qué los medios le dan lugar a comunicadores que no dudan en presentar medicamentos que son señaladas como perjudiciales para la salud. Sin embargo, el film exterioriza los mecanismos de creencia de la sociedad e indaga en la forma en que se afianzan; por eso, sobre el final, nos admite que la sociedad no sólo espera “vivir más sino también vivir mejor” y esto es una aspiración “lícita”; por ende recae en “los científicos, políticos y periodistas” el compromiso de ser “cautos” a la hora de dar a conocer informaciones que fundan ilusiones sobre temas de salud pública.

Por último, otra contribución sugestiva del apócrifo documental es la imagen que erige sobre nosotros mismos ante el orgullo de ser argentinos, el pesimismo, la violencia, la precaria industria nacional, los hechos delictivos, la crisis del sistema previsional, la economía informal, la especulación cambista o la idea de “salvarse para toda la vida”. “La era del ñandú” implica un ejercicio de autorreflexión ya que estos elementos son parte de nuestra idiosincrasia aunque a veces no queremos advertirlo porque puede llegar a ser muy incómodo vernos al espejo pero esa ya es otra historia.

Jesica Niz
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Jesica Noelia Niz, más conocida como Jota. Del conurbano profundo al mundo. Primera universitaria de su familia porque cayó en la universidad pública que le permitió estudiar Comunicación Social: licenciatura, especialización y maestría. Periodista renegada y académica punk: sueña con vivir tranquila de leer y escribir. Le gusta el cine pero siempre llega tarde a los estrenos. Hincha de la epistemología y de Banfield.

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