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Juan José Saer, el acontecer y su niña bonita en «Glosa»

En la misma línea que Ricardo Piglia, Juan José Saer  tematiza en Glosa (1986) las posibilidades de una representación realista en la literatura. Nancy Lorenzo recorre los azares del autor santafecino para perfumar en libertad nuestro acontecer en el mundo durante estos días de encierro.

La historia que propone Glosa puede resumirse en pocas palabras: Ángel Leto y el Matemático se han encontrado por azar una mañana y mientras caminan juntos a lo largo de veintiún cuadras  atraviesan el centro de la ciudad intentando reconstruir lo sucedido algunos meses atrás en el cumpleaños del escritor Washington Noriega, al que ninguno de los dos concurrió, pero del cual el Matemático posee una versión que le ha narrado Botón, uno de los asistentes a la fiesta, a quién encontró también por azar el sábado anterior. A partir del encuentro con Tomatis, quien desacredita la versión de Botón de lo acontecido en el cumpleaños del poeta, el relato que, en un principio, se presenta como una simple narración de un hecho trivial se convierte en lo que el propio Saer ha definido como una “antropología especulativa”: una interrogación acerca de la relación entre la literatura o el lenguaje y  “la espesa selva de lo real”.

El modo en que Saer reflexiona acerca del sujeto y su relación con el mundo, a partir de la exploración de las dimensiones espacial y temporal a través de las cuales percibimos la realidad, le permite configurar, en términos ficcionales, el discurso preponderante en las nuevas teorías sobre la temporalidad del siglo XX, especialmente la filosofía de Heidegger y la idea del tiempo como “duración” formulada por Henri Bergson. Para el filósofo francés, el tiempo de las Ciencias Físicas y del “sentido común” no es el tiempo real, sino una abstracción producto de una previa espacialización que fracciona la realidad en una mera sucesión de instantes estáticos. El verdadero tiempo, dice Bergson., es el tiempo heterogéneo e irreversible que capta la intuición y que la conciencia reconoce en la “duración real: se trata de una penetración de lo exterior, de lo que es espacio-temporal, en lo que es internamente vivido. 

El procedimiento constructivo es sin duda complejo (infinidad de hipótesis, múltiples perspectivas, repeticiones, diferencias, yuxtaposición de recuerdos) y provoca efectos paradojales: si por un lado, la repetición y las correcciones del mismo suceso cuestionan la capacidad del lenguaje para nombrar y representar el mundo; por el otro, la rectificación de lo percibido y construido por la escritura funciona como disparador de múltiples versiones que concluyen por otorgar un sesgo de confianza en la percepción capaz de producir un lenguaje que permita narrar la experiencia. Una extenuación del sentido y una pulsión narrativa que la crítica literaria suele interpretar como un movimiento contrario al realizado por el narrador de En busca del tiempo perdido.

Pero limitarse a considerar la novela de Saer como una simple inversión del proyecto proustiano es desconocer esa otra dimensión que constituye el gozne que articula toda su narrativa: la reflexión sobre la naturaleza de la experiencia vivida y la verdadera relación entre sujeto, mundo y recuerdo. Dice Saer “la historia en Proust sirve para definir que los recuerdos viven fuera de nosotros. Eso es una falacia, ya que el recuerdo está en el sabor no en la magdalena. Lo único que se puede expresar es la plenitud de ese momento, la fugacidad de ese mismo momento y la posibilidad de no volver a recuperarlo. En ese sentido es una especie de carpe diem” 

De esta manera, antes que invertir el recorrido proustiano, lo que en la novela aparece problematizado es el lugar que ocupa el sujeto en la percepción y en la construcción de la imagen del mundo moderno. Ciertamente, -señala Heidegger- “cuando en la Edad Moderna el hombre pasa a ser el sujeto primero se convierte en el punto de referencia de lo todo lo existente como tal”  Lo existente empieza a ser y sólo es si es colocado por el hombre que elabora y re-presenta, es decir, el sujeto lleva ante sí lo existente como un opuesto, refiriéndoselo, poniéndose a sí mismo en imagen de lo representado. En la medida, entonces, en que el mundo exterior resulta de la reflexión de la conciencia subjetiva sobre los objetos que lo constituyen, el ser que percibe está inmerso en la materia. “Sin temporalidad –dice Saer- no hay conjunto. Es como si el acontecimiento no tuviese vida propia. Somos nosotros los que los que le damos vida al acontecimiento. Las cosas sólo lo son para ciertas subjetividades que las viven, pero en el conjunto de lo que acaece todo acontecimiento se relativiza, se pierde, desaparece” . 

Por lo tanto, no tiene sentido ir en busca del tiempo pasado puesto que en el tiempo real -el de la conciencia- las vivencias no son instantes iguales y exteriores al sujeto, ni el recuerdo -como señala Saer- está en la magdalena; por el contrario, el tiempo es nuevo a cada instante -un momento penetra en otro y queda ligado a él- y el yo vive en el presente con el recuerdo del pasado y la anticipación del futuro pero que sólo existen en la conciencia que los unifica. 

De este modo, Proust no aparece reescrito en la novela de Saer para negar o invertir su proyecto, sino para constatar lo inseguro e inestable que es el concepto del todo en nuestra percepción del mundo y comprender, finalmente, la imposibilidad de percibir desde afuera las propias vivencias porque siempre estamos implicados en ellas: “Leto y el Matemático miran la calle recta que van dejando atrás. Esa calle que está hecha de ellos mismos, de sus vidas, es inconcebible sin ellos, sin sus vidas, y a medida que ellos se desplazan va formándose con ese desplazamiento; es el borde empírico del acaecer, ubicuo y móvil, que llevan consigo a donde quieran que vayan” 

Al final de la novela el  Matemático despliega frente a sí el brazo y trazando en el aire un movimiento, señala las veredas, la calle, las hileras de negocios, los letreros luminosos…

-El acontecer– dice.

Visitado por una locuacidad repentina, Leto responde:

La niña bonita de los filósofos. Era esta calle. Este momento. Tantos que se quemaron o se hicieron quemar-

(…) “La famosa realidad, de la que ha oído hablar tanto, no resulta más que eso, en lo que están incorporados, y que es al mismo tiempo, y de lo que él es al mismo tiempo, objeto y envoltura, siempre la misma vez, como decíamos, o decía, mejor, un servidor,  ¿no?…”


Texto: Saer, Juan José: Glosa, Buenos Aires, Seix Barral, 2003.

Nancy Lorenzo
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Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

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