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Ezequiel Martínez Estrada y La cabeza de Goliat. Microscopia de Buenos Aires

En esta oportunidad Nancy Lorenzo nos lleva sobre los pasos de un autor que hizo el camino inverso de la revista Sur a la revolución cubana. Antes de entrevistar al Che y editar a Fidel Castro, este autor maldito para las élites escribe, en 1940, una obra que lo consolida como uno de los referentes del pensamiento nacional y nos hace pensar una Argentina propia que en la ciudad cosmopolita en la que describe y sintetiza todas sus potencialidades y contradicciones.

Así como en la obra de Jorge Luis Borges podemos encontrar gestos diferentes en la representación de Buenos Aires,  en La cabeza de Goliat. Microscopia de Buenos Aires (1940) Martínez Estrada indaga en el cosmopolitismo urbano desde distintas perspectivas. En esa microscopia que hace de Buenos Aires como fenómeno de hipertrofia, el texto presenta un pasaje desde la posición crítica del intelectual a la construcción de una subjetividad basada en la experiencia, que desplaza al saber académico sustituyéndolo por un tono poético y nostálgico.

Ubicándose en la línea de los ensayos de interpretación nacional, el yo crítico explora y explica la sociedad argentina oponiéndose a la dicotomía sarmientina de “civilización y barbarie” y a la creencia de que es posible transformar y modificar las características de nuestra realidad. Para Martínez Estrada todo intento de europeización de América está de antemano destinado al fracaso: Buenos Aires, esa ciudad cosmopolita y políglota, carece desde su propio origen de la estabilidad de las ciudades europeas. Lo propio de la ciudad es la cadena incesante de rupturas, donde cada generación inmola velozmente la herencia recibida, construyendo una obra regida por el afán de novedad que irradia y, a su vez, contamina el pasado.  El proceso es circular: la búsqueda de un futuro termina siempre con la reconquista de un pasado; pero ese futuro no es más nuevo que el pasado, es un pasado reinventado: “demuelen la ciudad porque no la pueden destruir; proyectan gigantescos planes de embellecimiento porque no la pueden dignificar; la hacen poderosa y rica porque no pueden levantar la Nación” 

A medida que avanza, el texto se torna como un oxímoron, una dialéctica entre la armonía de la pampa y la disgregación de la ciudad: en ese mundo babélico, post-edénico y deshumanizado, no hay distinción entre el interior y el exterior del hombre, todo es una masa informe en esa ciudad de tránsito donde nadie ha comenzado ni concluido nada, una inmensa colmena en donde todos hacen la misma cosa: agrandar la ciudad.

El autor traza los cuadros intelectuales que comienza a promover el sistema mercantil en estrecha relación con el trastocamiento de la identidad nacional: el deseo de no ser como los que nos antecedieron y el querer ser el comienzo de otro tiempo dio como resultado la carencia de lazos raigales con la tradición. En virtud de esto, historiza desde el momento anterior a la colonia y lo único que no se cuestiona es el momento de la infancia de la Nación: “ésa de 1810, libre, entusiasta, efervescente en el ideal de la redención humana y anhelante de un gran porvenir: la ciudad de los próceres, la única nuestra”.

Ahora bien,  a partir de la III parte del libro, otro tipo de subjetividad desplaza al saber académico para pasar a construir un yo poético donde el tema recurrente es la memoria y la nostalgia por un pasado feliz. Ante esa realidad que ha sido consumida por el materialismo, ese yo recuerdo aspira a que los hombres abandonen los moldes pre-hechos que los asemejan entre sí, para recuperar las fuentes primigenias. No sólo la cultura forma parte de lo que se añora sino que  su memoria rastrea todas las cosas extinguidas: los mingitorios, el circo de payasos, la música de la Banda Municipal, las monedas de cobre “que cuando circulaban, las cosas valían menos y los hombres más”

La III parte del texto se cierra con la descripción de los estadios, los cuales pasan a ser la mejor fotografía de la ciudad actual porque muestran a los ciudadanos tal como son: suprimidas sus propias existencias con nombre, edad, domicilio y oficio, reducidos al ritmo dislocado constituyen “un espectáculo semejante a la ceremonia de los pueblos antiguos donde calmaban la necesidad de arrojar de sí los espíritus sometidos por la disciplina y las normas de convivencia social. Los políticos concurren a sus estadios  para exhibirse y, si están en el poder, descienden a veces a la pista para iniciar el juego. La muchedumbre los aclama y los silba y es lo mismo. El político sabe que aplauso y silbido significan una demostración pasional, un santo y seña de entusiasmo irracional, que tarde o temprano ha de servirles para sus fines políticos”.

Nancy Lorenzo
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Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

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