Close

El mito del Don Juan desde la mirada de Lacan


Si Alberto Fernández tiene un perro que se llama Dylan, por qué la literatura no puede revisar la historia de Don Juan a través de la mirada calladita de Lacan. Nancy Lorenzo, se mete en el distópico mundo de psicoanálisis y la literatura. Pongámoslo así: Tirso de Molina (el autor) es nuestro anfibio Cristian Alarcón, El Don o Juancito, para los amigues, toma viagra a escondidas, usa Tinder cuenta con una seducción que le sale por los poros, y al Comendador le toca el papel del turro de la historia: un asesino resentido porque la facha no lo ayuda tiene pocos likes. ¡Upa! te spoilearon el final, no tanto… Vas a tener que leer el artículo para entender el desenlace, que no es otra cosa que una minuta de nuestra cultura posmoderna sobre deseo por el goce, y de pensarlo como un secreto compartido que se encuentra sólo en el placer de descubrirlo. Alcoyana, Alcoyana. Capri, Capri. Perdón Amadeus, disculpas a Mozart. También el posible cierre de una etapa marcada por la cultura machirula.

Dado que el Don Juan, el “libertino disoluto” al que Tirso de Molina dio un perfil universal a través de El Burlador de Sevilla y Convidado de piedra (1630), reaparece en varios autores, es necesario plantearse, primero, en qué consiste ese núcleo de sentido que ha sido objeto de diversas reinterpretaciones, a la vez que ha logrado mantener algunos elementos básicos: Don Juan es el prototipo de la virilidad, de la agresividad sexual, del conquistador irresistible, del hombre audaz y disoluto que remite su conversión a la hora de su muerte, pide confesión pero ésta no llega, y muere como un réprobo en manos de la estatua animada y vengadora del Comendador. 

El Don Juan de Tirso posee una notable profundidad psicológi

En 1963, Jacques Lacan retoma el mito de Don Juan -desde el personaje de la ópera de Wolfgang A. Mozart (1787) Il dissoluto punito ossía il Don Giovanni con libreto del abate Lorenzo Da Ponte- para avanzar en su teoría psicoanalítica sobre el goce y el deseo.  En efecto, en la ópera encuentra no sólo la “cumbre del personaje”, sino una “verdad”, a partir de la cual se produce un cambio radical de género del mito mismo: el Don Juan, mito por excelencia del “género masculino singular”, es para Lacan un “mito femenino”; ya no se trata de la búsqueda del amor por parte de Don Juan, sino del “deseo”, no del suyo, sino del “deseo femenino”. Efectivamente, si en un principio las mujeres se presentan aisladas una de la otra, “una por una”, a lo largo de la obra, van tejiendo una trama a partir de la cual se entrecruzan, una con la otra, para formar la serie ya no de víctimas sino de aliadas contra Don Juan.

Sin embargo, lo que produce una verdadera transformación, en la interpretación del Don Giovanni de Mozart por parte de Lacan,  es la posición de Donna Ana; ella es lo contrario de las otras mujeres,  quienes vacilantes y hechizadas, siempre están dispuestas a ceder a los prestigios del conquistador, y se transforma en la verdadera protagonista del drama: es ella quien abre la ópera, con ese introito del enfrentamiento entre el hombre y la mujer, el intento de violación y el llamado a la venganza con los llantos sobre el cadáver del padre. Desde el principio, su presencia no se vela, ella vuelve una y otra vez, siempre anunciada con acordes estridentes, como aquello que conduce a un encuentro imposible.

La interpretación de Lacan sobre el mito subvierte de manera radical su lectura: Don Juan pasa a ser un sueño femenino: no es él quién inspira el deseo, y hasta puede decirse que “tampoco lo tiene” y se desliza por la cama de las mujeres, no sabe cómo ni porqué. Don Juan acepta el precio de su impostura masculina, sin saber que, en su incesante búsqueda de “La mujer”, es él mismo quien está en función de una larga “lista” de mujeres a las que sólo puede poseer “una por una”, porque eso es lo único que se puede contar y contabilizar del goce sexual. Sus veleidades amorosas son simplemente el producto de su concepción hedonista de la vida, pretendidamente amoral: para Don Juan no existe pecado ni arrepentimiento. 

Sus múltiples uniones amorosas no rebasan el estado de existencia discontinua; se queda en el plano del goce sensual, sin trascender la experiencia subjetiva. Ninguna de sus peripecias amorosas tiene la capacidad de convertirse en ese objeto amoroso que permite cruzar el puente de su soledad, en la medida en que la mujer sigue oculta en la impersonalidad de su pasión, siempre presente pero jamás alcanzada. En su incesante búsqueda de “la mujer”, Don Juan termina encontrándola bajo la forma del convidado de piedra; de esa piedra, que con su lado muerto y cerrado, es el más allá de toda vida de la naturaleza. 

Ahora bien, si bien es cierto que la creación literaria del Don Juan es precisamente española porque las condiciones de represión de la Contrarreforma, de la Monarquía Absoluta y la moral familiar y sexual le hacían ser el ideal libertario y no sometido, transgresor de toda represión, no lo es menos que este ideal es totalmente mítico,  no se realiza en parte alguna, y, por tanto, pertenece a todo el mundo: es un mito del alma colectiva universal, decantado por la sensibilidad literaria y musical de la cultura moderna europea, conservando de español sólo su nombre y el origen de la leyenda. 

En cada tiempo y espacio socio-cultural, el burlador, libertino, conquistador o “playboy” se ha mostrado con las características y atributos de ensoñación que lo convierte en un ideal de “sexy-symbol” para las mujeres y envidia de los hombres, dominados y sometidos por todas las convenciones y obligaciones de lo que Freud llama el “Principio de realidad”. Don Juan representa el “Principio del placer” el arquetipo del Eros, de la satisfacción inmediata de los instintos, libre de ataduras, sin la mediación de la “civilización”. Pero frente a la civilización represiva, la moraleja, en el mito literario de Don Juan, no se hace esperar: se autodestruye en su actividad de instrumento al servicio de las máquinas de placer, las mujeres conquistadas; pierde a su amada y es condenado al infierno. Hasta los “play-boy” de nuestra civilización actual, devoradora del consumismo audiovisual “made in América” si no trabajan y son extraordinarios, no obtienen placer ni gratificación sexual con sus numerosas conquistas. 

Cabría preguntarse si hoy, en una sociedad, cuyos componentes libidinosos están integrados a la producción y circulación de mercancías, con mujeres liberadas e incorporadas al trabajo; este vagabundo, sin ocupación fija, puro individualismo y energía sin control, podría hallar la complicidad social para “sumar” ejemplares femeninos a su ya tan legendaria “lista”. 

Bibliografía utilizada para este artículo: 

Tirso de Molina: El Burlador de Sevilla y Convidado de piedra, Bs. As., Editorial Plus Ultra 1973.

Lacan, Jacques: “Seminario del 20 de marzo de 1963”, en La angustia, compilación y versión de Jacques Alain Miller, Buenos Aires, Biblioteca Lacanoamericana, 1963

Lang, Paul Henry: La música en la civilización occidental, Bs. As., Eudeba, 1979.

 

Nancy Lorenzo
+ posts

Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

scroll to top