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El mal en la política y la autonomía de la ciencia

En el contexto de pandemia, donde ambas disciplinas juegan un rol fundamental, PostPeriodismo entrevistó al Dr. Javier Burdman, investigador de la Universidad de Estrasburgo, para profundizar conceptos como el extremismo ideológico, y cómo la política necesita de la ciencia, en la medida en que la dinámica propia de la ciencia choca en ocasiones con la política. «El extremismo ideológico es un intento de controlar la incertidumbre a la que nos expone la política moderna», asegura.

Antes de radicarse en Europa,  Burdman comenzó su carrera en el IIGG / CONICET, y actualmente es Director en la “Universality, Conflict, Social Critique” (UCONCRI), de Estrasburgo. Estudió Ciencia Política en la UBA y tiene varios posgrados en el extranjero.

¿Cómo definirías el concepto de “El mal en la política”?

Lo definiría esquemáticamente, siguiendo al filósofo Immanuel Kant: el mal consiste en actuar intencionalmente en forma contraria a principios que todos aceptamos como válidos. Por ejemplo, robar es un caso de mal, porque es una acción contraria a principios generalmente válidos: quien roba no querría vivir en un mundo donde robar sea la norma y todos robasen. El mal en la política tiene lugar cuando las acciones malas dejan de ser cometidas por individuos o grupos y pasan a ser socialmente aceptables e, incluso favorecidas, como si pasasen a ser el bien. Observamos esto en casos de genocidio o violencia masiva: mucha gente, incluyendo las autoridades políticas, pasa a evaluar positivamente acciones que consideramos habitualmente malas. Esto es lo que podríamos denominar «el mal en la política».

¿Qué ejemplos podés citar de ideologías extremas en la sociedad occidental moderna?

Hay ejemplos clásicos. El más paradigmático es el exterminio de judíos, entre otras poblaciones, por parte de la Alemania nazi. Otros es Stalin en la Unión Soviética, con los campos de trabajo forzado y las permanentes depuraciones en el Partido Comunista. Todo totalitarismo es un caso del mal en la política: Pol Pot en Camboya o Kim Jong Un en Corea del Norte. Hay casos en los que hablar de «mal» es más complicado, y pienso que hay que ser lo más parsimonioso posible con el uso del término, pero creo que un caso reciente y prominente que confrontó a muchos con el problema del mal en la política fue cuando el gobierno de Donald Trump comenzó a separar a niños muy chicos de sus padres que buscaban asilo en la frontera, y a ubicarlos en centros de detención. Como suele ocurrir con el mal en la política, fue un curso de acción difícil de entender y que parecía destinado a generar cierto terror general.

¿El mal es inherente al ser humano?

La mayoría de los filósofos piensan que sí y, de hecho, es difícil pensar al ser humano sin asociarlo a la posibilidad del mal. Para ponerlo en términos de un simple silogismo: el ser humano es libre, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, por lo tanto, el ser humano es capaz de elegir el mal. Esta capacidad de hacer mal nos define como seres libres, y entonces superar definitivamente al mal implicaría dejar atrás nuestra libertad y en consecuencia nuestra humanidad. Es por eso que, en alguna medida, confrontar el mal, reconocer nuestra propia capacidad de hacer el mal, es importante. Aspirar a ponerse más allá del mal conduce al auto-engaño, y a una forma más profunda del mal que Kant llamó «el mal radical».

¿Cuál es la relación entre la incertidumbre de las sociedades modernas y las ideologías extremas?

En el mundo moderno, el mal en la política suele tener lugar a través del extremismo ideológico. Pensadores políticos del siglo XX, como Hannah Arendt y Claude Lefort plantearon que lo que define a la política moderna es la confrontación permanente o al menos frecuente, con una cierta incertidumbre. Ya no tenemos certeza de que nuestros valores y principios vayan a ser siempre legítimos. Lo que consideramos hoy en día aceptable puede pasar a ser inaceptable en el futuro. Esta incertidumbre se está volviendo más y más presente a medida que los cambios culturales se vuelven más rápidos y frecuentes. Lefort planteó que la democracia es una institucionalización de esta incertidumbre. En vez de buscar un nuevo principio de certeza, tenemos elecciones periódicas donde decidimos quién decide a cada momento, sabiendo que el lugar del poder permanece vacío, es decir, cambiante a lo largo del tiempo. El totalitarismo, según Lefort, es una reacción frente esta indeterminación, un intento de volver a ocupar el lugar del poder y así reordenar a la sociedad sobre la base de principios inmutables. En términos diferentes, Arendt planteó que actuar y pensar son actividades que nos ponen en relación con otros, y que por lo tanto generan resultados y sentidos impredecibles. Según ella, las ideologías modernas que intentan explicarlo todo a través de unas pocas ideas fundamentales son un intento de escapar a esta incertidumbre. El extremismo ideológico es, entonces, un intento de controlar la incertidumbre a la que nos expone la política moderna.

¿Qué es la “ansiedad ética” y cómo se relaciona con el mal en la política actual?

«Ansiedad ética» es un término que a veces utilizo, tomando ideas de la filosofía existencialista, para designar justamente la sensación de ansiedad que nos genera tener que actuar en base a valores y principios cuya legitimidad es en última instancia incierta. La ansiedad ética se vincula a la incomodidad que nos genera reconocer la precariedad de nuestros valores más fundamentales, aceptar que nuestra visión del mundo y de nosotros mismos está sujeta a permanentes revisiones y cambios. En momentos de cambios acelerados, la ansiedad puede volverse insoportable para muchos y dar lugar a una reacción: «ya no quiero más cambios y cuestionamientos, quiero que las cosas tengan un sentido claro y definido». Esto puede tomar la forma de un retorno a los valores tradicionales, pero puede también tomar la forma de su reemplazo por un nuevo sistema de valores igualmente rígido e incuestionable. El mal en la política moderna tiene lugar cuando, para escapar a la ansiedad ética, las personas empiezan a buscar reglas de acción exentas de cuestionamiento. Entonces pasan dos cosas: primero, las personas dejan de preocuparse por las implicancias éticas de sus acciones, porque sienten que ya han encontrado el camino seguro; segundo, perciben a quienes son una posible fuente de cuestionamiento como una amenaza que debe ser contenida, y en algunos casos eliminada. Ambos elementos contribuyen a que las personas se vuelvan cómplices de proyectos políticos contrarios a principios éticos aparentemente básicos.

¿Hay una tendencia en la actualidad a la ausencia de diálogo, tolerancia y aceptación de la crítica? ¿Cuáles son los motivos?

Se están dando dos cosas a la vez. Por un lado, hay una ola de movimientos culturales transformadores, con lo que podría decirse que estamos viendo más tolerancia y aceptación. Por el otro lado, hay una reacción a esos movimientos (una ola de populismos de derecha, como se los suele denominar) que busca restituir ciertas jerarquías y restringir la tolerancia y aceptación de las diferencias. A su vez, para complejizar aún más las cosas, los movimientos transformadores tienen a su interior tendencias más abiertas al diálogo y otras más extremistas e intolerantes (la historia del siglo XX nos ha enseñado a no igualar «izquierda» o «progresismo» con «tolerancia»). Pienso que estas tendencias están entrelazadas: cambios estructurales conducen a la emergencia de movimientos que buscan profundizar esos cambios, y esas pujas por el cambio generan «ansiedad ética», volviendo al punto anterior, y al deseo de certeza. Si, como yo pienso, el mal en la política moderna está ligado a una reacción a la «ansiedad ética», es importante estar atentos a estos movimientos y detectar focos de intolerancia y extremismo; e insisto, estos pueden ser de derecha o de izquierda.

El contexto actual de emergencia sanitaria que se vive a nivel mundial, ¿ha exacerbado el mal en la política?

No necesariamente, pero abrió nuevas posibilidades para el mal en la política. La pandemia generó y sigue generando mucha incertidumbre, y como vengo diciendo, el mal en la política suele ser una reacción a la incertidumbre. La pandemia es una oportunidad para repensar muchas cuestiones que, de todos modos, debían ser repensadas por diversos motivos: la planificación del desarrollo, los límites de la desigualdad, la importancia de la responsabilidad social y la conciencia del bien común. 

Pero esta oportunidad también abre el camino a reacciones contrarias al comportamiento ético: por ejemplo, la idea de que preservar nuestro estilo de vida es más importante que salvar cientos de miles de vidas. Como dije antes, prefiero ser parsimonioso con el uso del término «mal», porque la idea no es volverse moralista y caer en nuevas dicotomías que simplifiquen procesos complejos. Creo que los momentos donde vemos al mal en la política directamente, «en todo su esplendor», por así decirlo, son excepcionales. Pero esto no quiere decir que no podamos usar lo que hemos aprendido de estos casos para orientarnos en otros contextos. Hoy en día estamos viendo formas incipientes del mal en la política, que la pandemia les abre nuevas posibilidades, y que deberíamos estar atentos a ellas.

¿En la actualidad, la ciencia es funcional a la política? ¿Cómo se vinculan y cómo deberían vincularse?

Sí y no. Hablar de «la ciencia» es complejo porque es un término que engloba a muchas prácticas y formas del conocimiento distintas. Y lo mismo puede decirse de «la política». Sin duda toda una parte de la ciencia está abocada a la producción de tecnologías que la política en su conjunto necesita y fomenta. El ejemplo más claro hoy son las vacunas contra el Covid. Pero hay líneas de investigación que chocan contra intereses y proyecto políticos: por ejemplo, cuando las investigaciones muestran que ciertas tecnologías son dañinas para la salud o para el medio ambiente. Hoy en día hay una especie de guerra fría entre la ciencia del calentamiento global y los sectores conservadores en Estados Unidos. Entonces vemos que si bien la política necesita en alguna medida de la ciencia, la dinámica propia de la ciencia a veces choca con la política. Y esa tensión puede ser productiva. Como escribió Arendt, la sociedad necesita verdades científicas, porque forman parte del mundo en común. Pero qué hacer con esas verdades científicas no es un problema científico, sino político. El problema es cuando la política intenta subordinar a la ciencia, o al revés.

¿Garantizar la independencia de la ciencia, es una decisión política?

Sí. La ciencia, como cualquier práctica social, tiene su lógica y sus reglas relativamente autónomas. Respetar la autonomía de la ciencia o, por el contrario, buscar que la ciencia produzca resultados específicos funcionales a un determinado proyecto político, es una decisión. Volviendo a Lefort: él pensaba que el totalitarismo busca restablecer la unidad entre poder y saber, es decir, que el conocimiento sirva a quien detenta el poder, quien a su vez decide qué cuenta como saber. La democracia, según Lefort, preserva la autonomía del saber frente al poder, y ello limita al poder. Entonces, siguiendo este razonamiento, podríamos decir que garantizar la autonomía de la ciencia es una decisión política fundamental, porque está en la base del tipo de régimen político en el que vivimos o queremos vivir. La ciencia no solamente produce tecnología. También contribuye a distinguir entre lo verdadero y lo falso, y en democracia (entendida en un sentido republicano, es decir, vinculada al pluralismo) esa distinción debe permanecer relativamente autónoma del poder político. Pero son las propias fuerzas políticas las que deciden en qué medida preservar o no esa autonomía.

 

Valeria Guerra
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Lic en Ciencias de la Comunicación (UBA). Posgrado en Comunicación Corporativa (UADE). Maestrando en Gestión de la Comunicación en las Organizaciones (Universidad Austral). Periodista agropecuaria. Comunicadora en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.

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