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Trump vs. Dorsey, la batalla detrás del ring

En diciembre de 2016 el creador de Twitter, Jack Dorsey, estaba entre sorprendido y contrariado por el impacto del uso de la red social que empujó a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Junto a Facebook, su empresa fue clave para torcer el rumbo del magnate hacia la Casa Blanca. El pícaro empresario con título de bachiller en ciencias -del mal- logró romper un empate cerrado frente a la senadora Hillary Clinton gracias al manejo de la inteligencia artificial y los algoritmos. De hecho, obtuvo menos votos que su rival, pero más electores para asumir el cargo.

¿Cómo fue la estrategia del amigo de juventud y socio parrandas de Mauricio Macri?

Trump usó la minería de datos, luego de algunos ensayos previos entre los que estuvieron Argentina (elecciones 2015) y Gran Bretaña (Brexit), pero no contaba con datasets clasificados, como los generados por Macri en sus ocho años de gestión. Y tampoco controlaba App’s públicas para establecer perfiles y listas de interés con datos personales de sus navegantes, como ocurrió con la red BsAs – Wifi, a través de la cual él y su heredero, Horacio Rodríguez Larreta, violaron las “buenas prácticas” de la convivencia digital que deben preservar los Estados, sean nacionales, provinciales o municipales. 

Según la denuncia realizada por el periodista Federico Bianchini en enero de 2018, al “aceptar” los “Términos y condiciones de uso” de la red virtual proporcionada por Subterráneos de Buenos Aires, la empresa y el gobierno porteño se quedaban con la IP del equipo celular, nombre del titular, documento, correo electrónico, nacionalidad, geolocalización, libreta de direcciones y otros datos eventualmente sensibles. Todo esto para supuestos fines publicitarios, lo cual está permitido por el artículo 27 de la ley de Protección de Datos Personales sólo para establecer hábitos de consumo. No para hacer propaganda política.

Volvamos a Trump. El entonces candidato se quedó sólo con el aprendizaje de los globos amarillos (y de ensayo) realizados por Cambridge Analytica, y el filtrado de información permeable para un uso no consentido de los usuarios de las redes. Aprendió que esa información sería usada, luego, por ejércitos de trolls (perfiles falsos) para sembrar orquestaciones de prensa, disgustos y peleas de baja intensidad entre los avatares de carne y hueso en edad de votar.

En otras palabras, el equipo de campaña liderado por Steve Bannon, un experimentado ejecutivo salido del portal de derecha republicana Breitbart News, que luego aguantó sólo siete meses en la gestión Trump, generó dos estrategias concurrentes: crear conversaciones apelando a la violencia y el odio en Twitter y, otras interacciones con gatitos para la consolidación de tendencias por grupos de afinidad o “amigos” en la red Facebook. La historia es conocida. Cambridge Analytica le compró a Zuckerberg 80 millones de perfiles, de los cuales se identificaron 5000 puntos de interés para fidelizar votos indecisos. Esa ingeniería en las redes de Facebook está bien documentada y la historia puede verse por Netflix en “Nada es privado”.

Así las cosas, Trump tocó los corazones reaccionarios de esa franja de votantes que prefería mantener el american lifestyle a costa revertir las políticas sociales de Barack Obama, como el plan de salud. Si bien los republicanos no consiguieron los votos en el Congreso para reducir la inversión en ese área, el Covid-19 y el desprecio de Trump por la vida, cerró mayo con 105 mil muertos. Ahora hay menos pobres que asistir en conglomerados urbanos como Nueva York.

La estrategia comunicacional de campaña trump(osa) no es nueva. Se trata de una versión remixada de la fórmula creada a mediados de la década del 50 por los norteamericanos Paul Lazarsfeld (El pueblo elige, 1944) y Elihu Katz, quienes inventaron la teoría de los dos pasos para tratar de entender cómo circulaba la información en la época de la radio y el diario papel. Ellos observaron que las noticias sufrían la mediación de un líder de opinión que, luego, podía modificar o confirmar ese discurso en su grupo de referencia. Así, un buen pastor era determinante en las definiciones ideológicas de los integrantes de una congregación. 

En la actualidad las redes sociales son la misa de todas las mañanas, las tardes y las noches, y ocupan un lugar ineludible para los medios masivos de comunicación. La clave está en encontrar buenos pastores que interactúen en las redes como figuras destacadas. Algunos los llaman influencers y en periodismo gatewatchers (guardabarreras, de su interpretación en español).

La diferencia es que estas redes cerradas, como las de una iglesia, son del tipo distribuido y sus interacciones se multiplican exponencialmente, además de tener regulaciones livianas. Eso incomoda, por un lado, a los dueños de las empresas periodísticas que afrontan estructuras de costos con menor rentabilidad y mayores responsabilidades frente a sus audiencias; además de resultar lentas, aburridas e incapaces de viralizar contenidos. Por otro lado, están aquellos presidentes autoritarios como Donald Trump que intentan destruir todo lo que representa un obstáculo. Esto es: aquellos líderes de opinión que piensan distinto. 

Cabe aclarar que ni los dueños de la Net ni los propietarios de los medios son carmelitas descalzas y que, en todos los casos, siempre se han constituido como actores políticos. Por esa razón, las fake news de Donald Trump cotizan en bolsa y su guerra contra Twitter ha abierto un nuevo capítulo de cara a las elecciones del próximo 3 de noviembre.

La última semana de mayo el fundador de Twitter etiquetó a Trump como autor de un “contenido problemático”, enfureciéndolo. No quería convertirse en el idiota útil de 2016, que no cobró por sus servicios. 

Pero en este caso ocurrió un hecho singular. Trump recogió el guante de las golpeadas empresas de medios tradicionales, las cuales desde hace rato pretenden un trato igualitario cuando Facebook, Twitter y otras redes se conforman en medios sociales con instancias de editorialización de las informaciones que circulan por las plataformas.

La orden ejecutiva que acaba de firmar instruye a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por sus siglas en inglés), a la Comisión Federal de Comercio (FTC) y a diversas dependencias del Poder Ejecutivo a cambiar la normativa de mediados de los años 90, que da inmunidad a los jugadores de Internet, los cuales décadas atrás contribuyeron a democratizar la circulación de la palabra. 

Trump advierte, para sorpresa de todos, que debe defenderse la libertad de expresión frente a peligros más graves. No son otros que los seres humanos que escriben y editan los algoritmos generando sesgos en los motores de búsquedas o en la indexación de contenidos. 

Lo cierto es que nuestro ecosistema de medios se tornó más complejo, y esta situación invita a revisar cuál es la responsabilidad actual de los intermediarios y sus funciones editoriales a través de los algoritmos.

La defensa de los nuevos-viejos jugadores de Internet está en un fin de ciclo. Fue necesaria cuando delirantes mesiánicos en el poder se apoyaron en la voladura de las Torres Gemelas para espiar a sus adversarios y a la ciudadanía en general. Con la sanción de la Digital Millenium Act (2000) se consideró a los proveedores de servicios de Internet como un “puerto seguro”, lo cual preservó la libertad de publicar y distribuir informaciones sin restricciones ni monitoreos gubernamentales, en nombre de una falsa guerra sin rostro contra el terrorismo.

Hoy, esas redes ya no son neutrales a pesar de las buenas intenciones de las organizaciones promotoras de la defensa de los derechos humanos, que por años defendieron al menos malo, se trate de Dorsey, Zuckerberg o el fundador de Internet, Vinton Cerf, quien le vendió su alma a Google, por el puesto estrafalario de Vicepresidente mundial y Evangelista de Internet (¡a la perinola!).

Sin querer queriendo, un día a Trump se le escapó un poco de democracia. La pregunta es quién será el próximo rey detrás del trono.

fedecorbiere@gmail.com | Sitio web | + posts

Cayó de la universidad pública al mejor oficio del mundo. Periodista y Licenciado en Comunicación Social. También es Magister en periodismo y docente de grado y posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Juntó horas nalga en Tres Puntos, Argenpress.info, Radio UBA y la Agencia Télam. Cuando lo dejan publica maldades en Página/12 o en algún medio digital cojonudo como PostPeriodismo.

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