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Culturas híbridas, alumbramientos y Andrés Neuman

A puro cuento, Nancy Lorenzo selecciona de su biblioteca veraniega un libro que seguramente nos sacará del universo distópico de la masa madre hogareña, más conocida como pandemia. Así nos presenta al escritor Andrés Neuman, un espejo con la estética borgiana que en la nueva creación crea su propio destino. Lejos de añorar el barrio de la niñez y no lleva a un nuevo Alumbramiento. Pasen y lean.

Alumbramiento el libro de cuentos del prolífico escritor Andrés Neuman  publicado en 2006 se cierra con dos “Dodecálogos  de un cuentista”, y un deseo por parte del autor: “Ojalá alumbren”. Y vaya si lo hacen: no sólo porque esos manifiestos logran echar luz sobre la propia práctica de escritura y abrir el debate y la reflexión teórica en torno al género, sino porque todo el libro concluye por “iluminar” y corroborar aquella teoría que Jorges Luis Borges concretizó en su ensayo Kafka y sus precursores: “cada escritor crea a sus precursores”. 

De hecho, Alumbramiento, el primero de los diez relatos reunidos bajo el título de «Otros hombres» (2006), presenta condensaciones, dualidades y anacronismos semejantes a los de los sueños borgeanos que operan activamente dentro de la organización y en el transcurso de la historia, pero que en Neuman adquieren un nuevo sentido: si en Borges, el forastero de Las ruinas circulares perseguía un propósito sobrenatural, “quería soñar un hombre, quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”; en Alumbramiento, en la habitación de un sanatorio, rodeado de su mujer, un médico y enfermeras, un hombre logra concebir otro hombre real. 

Dentro de ese juego de espejos que despliegan los cuentos de ambos autores: el forastero de Las ruinas circulares descubre “que otro estaba soñándolo” y  el personaje  de Alumbramiento comprende que aquel niño “es el mismo que seré, el que aún no he sido, el que no pude ser, y que aquella es mi cara y es idéntica y es otra y que acabo de engendrarme”. Persiste la idea de infinitas series de tiempos divergentes, convergentes y paralelos que buscan instaurar la continuidad del yo que va más allá de la vida de cada individuo y que en Neuman puede leerse como el deseo de un diálogo in-interrumpido con los textos de sus precursores a través del tiempo.

Pero lejos de anclarse en el tiempo circular, el juego especular y lo fantástico borgeano vinculado al juego mental, Neuman va en busca de otras tradiciones para examinar la condición del hombre contemporáneo. En este punto, merece mencionarse Las cartas de los tristes, donde Neuman se apropia acertadamente del relativismo de José Cadalso y experimenta con el punto de vista para narrar la historia a través del intercambio de correspondencia entre un hombre y una mujer que habitan en ciudades distintas. En otros relatos, Neuman opta por el estilo irónico y el existencialismo de Kafka para representar, en Cómo maté a John Lennon, la frustración del hombre que sueña matar al músico pero que sólo será la figura en la sombra que presencia el crimen que lleva a la fama al asesino; y la angustiosa sensación de soledad y culpabilidad que experimenta el personaje masculino, en una “Una raya en la arena”, ante una realidad que no alcanza a comprender cuando su mujer traza una línea en la playa y le impide atravesarla.

En Miniaturas, la segunda parte del libro, la atención de Neuman se dirige hacia una mayor economía narrativa: borra de los textos la descripción de paisajes, costumbres y rasgos físicos para concentrarse en la conciencia de los personajes, sus monólogos y diálogos; y donde la elipsis, como forma de representación literaria, alcanza el punto extremo en  Novela de terror, cuya única frase: “Me desperté recién afeitado” denota la influencia de Augusto Monterroso y su concepción del arte de narrar como un chispazo de ingenio. Las Miniaturas son micro-relatos que, paradójicamente, se proponen indagar temas universales de incuestionable influencia kafkiana como Justino, que puede ser leído a trasluz de El artista del hambre y otros de innegable evocación cortaziana y borgeana donde el tópico romántico del “otro” constituye el gozne que articula la mayoría de los relatos. Así, en La felicidad, Marcos quiere ser como su único amigo, Cristóbal, un hombre inteligente, seguro de sí mismo, ágil bailarín y conocedor de la gramática latina. Marcos ensaya no ser él mismo hasta el punto de aceptar que su esposa se acueste con Cristóbal ‘para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo’ 

Neuman recupera en estos relatos la idea del “otro” yo, de la doble personalidad y la pérdida de la misma para expresar el intento de fuga y la incapacidad del hombre contemporáneo para contentarse con su propia situación histórica y social. Pero en la consecución de la búsqueda de la felicidad y de la perfección, la realidad acaba por ser la última instancia contra toda clase de idea, se obtiene como producto de la decepción y, en consecuencia, contiene la imposibilidad de concordar con el objeto o sujeto deseado.

En Lecturas, la tercera parte de Alumbramiento, los relatos concluyen por echar por tierra la hipótesis de Harold Bloom: “todo escritor sufre la angustia de las influencias”. Lejos de tratarse de una lucha entre Edipo y Layo, la teoría que se confirma –desde el primer cuento que abre el libro hasta El oro de los ciegos, relato que une las entre-visiones del color amarillo de la ceguera de Borges con el tigre emblemático que cruza toda su obra. “Es que “cada escritor crea a sus precursores”. 

Leemos en una entrevista en el sitio de internet de Andrés Neuman (1977): “Soy un híbrido cultural. Mi educación sentimental y familiar es argentina. Pero mi formación académica, mi vida literaria y mi presente pertenecen a España. (…) Mi dialecto literario es el castellano de España”. 

Declaraciones que me sugieren dos observaciones. La primera: está en lo cierto Neuman cuando afirma que es “un híbrido cultural”, porque, como escritor argentino, en su literatura se aprecia el cruce de la tradición rioplatense y la europea, o mejor dicho, como sostiene Borges, de “toda la tradición occidental”; y segundo, se equivoca cuando dice “mi dialecto literario es el castellano de España” puesto que la tensión vivida entre el aquí y el afuera produce, al menos en Alumbramiento, paisajes tan indefinidos como las localizaciones de Borges y un escenario lingüístico tan híbrido como la propia cultura adquirida. 

Neuman ya debería saber que ni la distancia ni el contacto permanente con otras lenguas o dialectos pueden borrar para siempre las huellas del propio origen; comprender, al fin, como sostiene Cavafis en su poema, que Esta ciudad irá donde tú vayas. / Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo/ arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo/ en idéntica casa. / Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra, /ni barcos ni caminos que te libren de ella.

Gentileza: Letras de emergencia. Contenido bajo licencia Creative Commons.
Nancy Lorenzo
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Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

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