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Crece, crece

Dice el Talmud que cada brizna de hierba tiene un ángel que se inclina sobre ella y le susurra «crece, crece».

En los momentos de oscuridad, siempre se prende una vela, y esa vela (así esté debajo de una mesa) es capaz de alumbrar todo un cuarto.  En este mundo de pandemia, ya aparecieron las primeras velas. En los fondos de las casas, en los patios, en las ventanas, en los balcones o en los recovecos a los que llega un rayo de sol, ya hay quien está por lo menos fantaseando con producir su propio perejil. 

Los medios ya empiezan a reflejar la tendencia en sus sumarios. Los huerteros ya empiezan a aprovechar la tendencia en sus redes. Algo ya bien consolidado en el submundo del veganismo y la agroecología empieza a colarse como tendencia del mainstream. Hay una pequeña ola formándose; y en un mundo apestado de agroquímicos, de transgénicos y sobre todo de hambre, cada semilla que vuelve a la tierra es una vela en un mar de oscuridad. 

Si uno se toma el trabajo de observar la aritmética de la vida, rápidamente descubre que el hambre es un invento de la especie humana. Para empezar una cuenta aleatoria: dentro de cada tomate (de los orgánicos obvio, no los de cotillón) hay unas 20 semillas y cada una es capaz de producir unos 30 tomates. O llevándolo al terreno de las hortalizas: en 10 centímetros cuadrados (el tamaño de un azulejo pequeño) es posible plantar 25 semillas de especies de hoja para obtener 25 plantas e ir transplantando a medida que crecen y cosechando a partir de la quinta hasta la décima semana. Cuando cada una de esas especies se va a flor, produce cientos de semillas y en el camino atrae a decenas de polinizadores, que alimentándose a sí mismos alimentan la cadena de la vida. 

Por supuesto que la experiencia urbana nos aleja bastante de la posibilidad del autoabastecimiento. Ni que hablar cuando apenas se tiene una ventana al contrafrente. Pero aún en esos casos es posible sumergirse en la experiencia de los micro-greens, que no necesitan de luz ni de espacio, y lo que es más importante, nada nos arrebata lo mejor que el proceso nos puede dar: la capacidad de reconectar con uno de los fenómenos más elementales de la vida en el planeta (y de nosotros como especie que lo habita). Al fin y al cabo, no hay teoría holística que no sostenga que en esa ruptura (la nuestra con la madre naturaleza) radica el gen de casi todos nuestros males, físicos, psicológicos y hasta sociales. 

Plantar (por lo menos algo de) lo que comemos; reflexionar sobre lo que nos llevamos a la boca; recuperar los saberes que como especie traíamos en los genes y fuimos perdiendo; sentirnos parte de la cadena ecológica que nos contiene; dejar de degradar, de destruir, de abusar o cuanto menos de ignorar, es devolverle una gota al océano del que formamos parte como especie. O cuanto menos un buen ejercicio para iluminar la infinita oscuridad que nos rodea y observar el poder de la llama. A ver qué pasa.  

Andrea Caldararo
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Abridora de puertas, tendedora de puentes, tejedora de amistades, cultora del espíritu y aprendiz crónica de cosas, con 30 años de experiencia en el uso de la practicidad y la creatividad para encontrarle soluciones a las cosas que nadie quiere, sabe o puede hacer. Formada en los mejores colegios y universidades, pero eso es secundario.

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