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Corre corre negrito

Nancy Lorenzo asegura que el racismo estructural apuntala una serie de privilegios para unas poblaciones e individuos en menoscabo de otros y no está equivocada. En este texto pone en negro sobre el blanco europeísta, los motivos por los que aún en pleno siglo XXI sigue persistiendo una cultura racista y de «supremacía blanca». O acaso no te enteraste que una manga de estúpidos organizó una «subasta de esclavos» en una escuela de Estados Unidos.

La discriminación racial es una realidad en las sociedades contemporáneas y está muy presente en los medios de comunicación, aunque racismo y discriminación son tratados como sinónimos cuando se trata de conceptos que deben ser distinguidos ya sea por:

a) Razones analíticas para entender las distintas modalidades de discriminación y comprender las particularidades del racismo.

b) Razones políticas porque permite orientar cualquier acción que pretenda cuestionar de forma contundente y adecuada el racismo.

Ahora bien, toda discriminación supone al menos una doble articulación de: primero, un acto de diferenciación en tanto implica la clasificación de una persona o grupo que la distingue claramente de otras personas o colectividades – porque los estereotipos son los prejuicios más extendidos en imágenes o concepciones previas sobre las que se establece este acto de diferenciación propio de la discriminación- y, segundo, un ejercicio de exclusión para que se produzca una discriminación. El ejercicio de exclusión abarca el rechazo, la negación y el desconocimiento de quien es objeto de discriminación.

Definida la discriminación de este modo, el racismo constituye un tipo de discriminación que se articula a partir de los rasgos o características antropomórficas. En otras palabras, el racismo es  una discriminación efectuada por las adscripciones raciales atribuidas a un individuo o colectividad.

Quienes se han asumido como «blancos» o «mestizos» han discriminado a poblaciones enteras por considerarlas indios o negros. Tan discriminadas han sido estas comunidades, que palabras como las de «indio» o «negro» se encuentran aún cargadas de estereotipos racistas que se remontan al periodo colonial.

Si definimos al racismo como una discriminación de orden racial, para comprender las formas de operación específicas debemos remitirnos a la noción de «raza» que se encuentra allí implícita. Está claro que no hay racismo sin «raza»; es decir, que hay un concepto de raza cuando se afirma que alguien piensa o se comporta de esta u otra forma porque es negro,  indio o blanco.

Cuando se define «raza» de esta manera no se piensa simplemente en la palabra, sino en el concepto. Y ese concepto puede estar asociado a otras significantes con carga negativa. De ahí que, por ejemplo, cuando se utiliza la palabra  «cultura», la cadena de sentido puede relacionarse con la cultura de «raza» o falta de ella en términos peyorativos. Se puede decir que la palabra «cultura» -o cualquier otra en su lugar- se encuentra operando como un eufemismo del concepto de «raza.

Referirse a la «raza» del modo en que se ha planteado no significa que se considere que las «razas» existen como entidades biológicas desagregadas. El fundamento biologicista de cualquier pensamiento racial ha sido cuestionado científicamente desde la primera mitad del siglo pasado. Biológicamente hablando, no existen las razas en lo que a los seres humanos respecta. Los desarrollos de la nano-tecnología contemporánea, como los de la genética del siglo pasado, evidencian que no existen fundamentos de orden genético para desagregar significativamente esos tipos humanos denominados razas.

La consecuencia de toda esta línea de argumentación es que las razas existen como hechos sociales o como fabricaciones culturales. Dicho de otra manera, las razas sólo existen en el plano de los imaginarios y prácticas sociales, en la historia y la cultura; pero no en la biología o en la «naturaleza». La existencia biológica de las razas es uno de los más poderosos mitos del sentido común. Por eso hay que analizarlo como cualquier otro mito: esto es, como el resultado de articulaciones de imaginarios sociales que tienden a conservar las relaciones de autoridad y poder en una sociedad determinada.

Así las cosas, la noción de «raza» y las categorías raciales representan uno de los componentes esenciales del proyecto colonial europeo. El dominio colonial suponía tanto una serie de mecanismos de imposición por la fuerza como un sistema de ideas que pretendían legitimar a los ojos de los europeos y de los sujetos coloniales tal dominio. Y este sistema de ideas fue central el discurso de la superioridad natural de los europeos y de su misión civilizatoria al resto del mundo. Secularizado por el discurso de la ilustración, los europeos lograron imponerse mediante el genocidio y sujeción de poblaciones y territorios predicando su propia superioridad. Es en este plano en el que se acuñan y circulan las categorías raciales y el racismo se hace carne.

Ahora bien, el colonialismo no es un asunto del pasado ya superado sino un legado que estructura nuestro presente más de lo que tendemos a reconocer tanto para quienes fueron colonizados como para los colonizadores. La noción de raza y las categorías raciales con las cuales nos pensamos en la actualidad a nosotros mismos y a los otros, constituyen uno de los legados más presentes del colonialismo. Estos legados coloniales se han sedimentado como sentido común desde el cual pensamos y actuamos, pero el cual rara vez sometemos a un escrutinio crítico. Los discursos y prácticas institucionalizadas que legitimaron los genocidios de la trata de los millones de africanos o los exterminios de los pueblos indígenas fueron los gérmenes de concepciones y actitudes hacia sus descendientes que se han sedimentado en el sentido común constituyendo nuestro presente.

Desde esta perspectiva, la discriminación racial es más profunda en tanto se encuentra inscripta en el diseño mismo del entramado institucional que reproduce un modelo de sociedad y unos proyectos de vida particulares. Como racismo estructural debe entenderse este diseño institucional que mantiene en la práctica la sub-alternización de unas poblaciones e individuos racialmente articulados. Este racismo se encarna en acciones y omisiones concretas que, derivadas del funcionamiento mismo del sistema institucional, tienen el efecto de reproducir las desigualdades y jerarquías entre individuos y poblaciones racializadas.

El racismo estructural apuntala una serie de privilegios para unas poblaciones e individuos en menoscabo de otros. En términos generales, los individuos y sectores privilegiados por el racismo estructural no se sienten inclinados a examinar críticamente el sistema del cual obtienen beneficios. Es más, paradójicamente acusan de racistas a quienes se preguntan por las razones históricas y estructurales que han subalternizado a unas poblaciones racializadas -generalmente, afrodescendientes y pueblos originarios-, mientras que han permitido que sectores de otras poblaciones -asociadas a los eurodescendientes- han estado en una situación privilegiada.

Muy recientemente se ha ido colocando en el centro de la agenda institucional las discriminaciones raciales que enfrenta la gente negra y las poblaciones indígenas  buscandouna justicia reparativa de estas poblaciones.

Bibliografía consultada para esta nota: Restrepo, Eduardo: “Racismo y discriminación” en Políticas de la diferencia, CLACSO

Nancy Lorenzo
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Licenciada y profesora en Letras. Cursa la Maestría en Ciencias políticas y Sociología. Caminante incansable de los senderos patagónicos. Amante de los refugios de montaña y de los andinistas. Amiga de los soñadores, de la naturaleza, y de los libros

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