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Contagiarnos. (O lo que tienen en común dos girasoles y un tablero de ajedrez)

Cambiar el mundo siempre fue la gran utopía: Quién no la tuvo alguna vez. Todos los credos, todas las tendencias de pensamiento, todas las corrientes filosóficas, todas las militancias, en definitiva, todo lo que hacemos día a día y que trasciende la mera satisfacción de nuestras necesidades básicas apunta a mejorar el entorno en que vivimos.

Aún entre los seres más egoístas, se cuela la utopía de un mundo que los satisfaga más, y en definitiva eso implica la voluntad de transformar.

Idealistas y egoístas compartimos la pulsión de levantarnos cada mañana tratando de que la realidad que nos rodea sea hoy un poquito mejor que la de ayer y un poquito peor que la de mañana. Es la naturaleza del ser humano y por consiguiente, la magia de la vida.

Si nos acostumbráramos a todo tal cual es y nos sentáramos a contemplarlo, nos extinguiríamos como especie en poco tiempo. Aún sin saberlo, nacemos y morimos con la pulsión de dejar nuestro lugar mejor de lo que lo encontramos al llegar. Mejor para nosotros, para los otros o para todos, pero mejor.

Y en esa búsqueda nos encontramos con la barrera natural de la voluntad ajena; de que no siempre queremos ir todos para el mismo lado, de que los intereses de unos y otros se contraponen, porque en la naturaleza del mundo también está la dualidad.

Ahí es donde experimentamos todo el abanico de emociones que la vida nos tiene preparadas. Arrancamos enojándonos con la humanidad en la adolescencia, entramos a la juventud pensando que podemos comernos al mundo de un bocado, transitamos a la adultez conociendo la frustración, la resiliencia, la resignación, el excepticismo, pero igual seguimos, pensando en que tal vez no pudimos nosotros pero podrán los que vienen.

En estadística existe una historia que a veces se cuenta con granos de trigo y otras con granos de arroz. El cereal da lo mismo, pero la moraleja es que si se coloca sobre un tablero de ajedrez un grano en el primer casillero, dos en el segundo, cuatro en el tercero y así sucesivamente, doblando la cantidad de granos en cada casilla, al completar el tablero deberíamos poner en la última celda algo más de nueve trillones de granos (9 223 372 036 854 775 808 .para ser exactos).

Pero volvamos a la vida real; volvamos a este mundo habitado por 7.700 millones de personas (casi nada comparado con la cantidad de granos) entre las que un virus que vio por primera vez el mundo en una plaza de Wu-han hace 6 meses nos cambió para siempre, y aprovechémonos de la secuencia geométrica que el tablero de ajedrez y el virus nos pusieron delante de la nariz, para tomar consciencia de que la materialización de la utopía (egoísta o idealista) que nos mantiene vivos se reduce a la simple ecuación de que cada uno de nosotros inspire a otros dos.

En este punto las aguas se bifurcan porque el egoísta intentará convencer, pero el idealista necesita inspirar. Necesitamos inspirarnos unos a otros, traer luz adonde casi todo el mundo ve tinieblas.

Inspirar es causar un impacto positivo en los otros a través de acciones concretas. La definición de “inspirar” no habla de escalas, no habla de acciones inmensas, no habla de un poder de alcance inconmensurable. Una sola acción pequeña que impacta positivamente en una sola persona entra en la clasificación de lo que significa inspirar.

Inspirar es un acto elevado y no casualmente es sinónimo de inhalar, que es el primer, pequeño y más elemental acto del hombre para estar vivo. Inspirar es poner en marcha la secuencia geométrica que le da sentido a la vida, es una forma saludable de contagio capaz de cambiar el paisaje de un mundo agobiante.

Cuentan que cuando no hay sol, los girasoles rotan y se miran entre sí, compartiendo mutuamente su brillo. Y digo yo que eso es inspirar.

Andrea Caldararo
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Abridora de puertas, tendedora de puentes, tejedora de amistades, cultora del espíritu y aprendiz crónica de cosas, con 30 años de experiencia en el uso de la practicidad y la creatividad para encontrarle soluciones a las cosas que nadie quiere, sabe o puede hacer. Formada en los mejores colegios y universidades, pero eso es secundario.

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