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Buenos Aires desde el Obelisco

El monumento histórico de la Ciudad de Buenos Aires se construyó en el año 1936 en tan sólo 2 meses. A partir de allí, y luego de muchas resistencias, logró convertirse en uno de los principales íconos de Argentina. En esta nota relato su historia, la crónica del ascenso y cómo se ve la capital del país desde los 67,5 metros de altura. No apto para cardíacos. 

El Obelisco cumple 86 años. Fue creado por Alberto Prebisch e inaugurado el 15 de mayo de 1936 con motivo de celebrarse los 400 años de la primera Fundación de Buenos Aires. Originalmente estaba revestido con lajas de piedra blanca calcárea de Córdoba, que en 1939 fueron reemplazadas por revoque, ya que algunas se desprendieron. 

El monumento fue construido en 60 días y trabajaron en él 157 operarios. Está ubicado en el lugar donde fue izada por primera vez la bandera nacional en la ciudad; emplazado en la Plaza de la República, en la intersección de las avenidas Corrientes y 9 de Julio. Por debajo, a sólo 1,5 metros de profundidad, corre la línea B de subte, cuya vibración se siente en todo el monumento.

Su construcción fue el punto cúlmine de un proceso de grandes reformas urbanas que tuvo la ciudad a principios del siglo XX. Esas ideas habían nacido a principios de siglo, como las diagonales, la Av. de Mayo, la apertura de una avenida norte-sur -que iba a ser posteriormente la 9 de Julio-, el ensanche de las avenidas Corrientes, Córdoba, Independencia, San Juan, el parque de la Costanera norte, sur y la General Paz.

Para construir la 9 de Julio se demolieron manzanas enteras por casi 3 km. Cuando el Gobierno de la Ciudad iba a inaugurar las primeras 5 manzanas de la avenida, a finales del ’35 deciden hacer el Obelisco. En febrero de 1936, el entonces Intendente Mariano de Vedia y Mitre firmó un decreto que autorizaba la construcción del monumento, el cual se realizó en tiempo récord: empezó el 18 de marzo y se terminó el 15 de mayo. Fue un trabajo de tan solo 2 meses.  

En sus inicios, el monumento generó muchas resistencias por parte de la población, la prensa e incluso el mismo el Consejo Deliberante, ya que se hacían chistes a una referencia fálica de la Ciudad. Pero finalmente fue aceptado. 

Tiene 67,5 metros de altura y 6,8 metros mide su base. Pesa unas 170 toneladas. La subida consta de 206 escalones con 7 descansos cada 8 metros y cuenta con una única puerta de entrada (mirando hacia la avenida Corrientes en dirección oeste).

Durante los meses de marzo a mayo de 2021 se renovó por completo su fachada. La puesta en valor estuvo a cargo de CEPRARA (Cámara de Empresarios Pintores y Restauraciones Afines de la República Argentina), bajo la supervisión del Gobierno de la Ciudad. Se utilizaron 310 litros de pintura y se restauraron las rejas que lo rodean con un tratamiento especial para recuperar su material original.

Crónica del ascenso

Subir al Obelisco es, quizás, una de las experiencias más insólitas que he experimentado. La noche anterior dormí poco, sabía que iba a hacer algo que sólo unos privilegiados pueden y dudaba si el físico iba a resistir para llegar a la cima. 

El día de la gran aventura amaneció lluvioso. Eran las 9 de la mañana. Fui a la estación Ángel Gallardo del subte B que justo arribaba cuando llegué al andén. En el trayecto hasta la estación Carlos Pellegrini, observaba a las personas que iban a trabajar, y pensaba que no tenían idea cuál iba a ser mi gran hazaña. 

Cuando llegué a destino, bajé corriendo del subte y salí a la avenida Corrientes para contemplar por unos segundos el monumento más icónico de la ciudad. A las 9.30 hs comenzaba el ascenso para un reducido grupo de periodistas. Allí dentro nos esperaban funcionarios del Gobierno de la Ciudad y personal de Defensa Civil para colocarnos un arnés, casco y guantes a cada uno.

Ni bien uno entra al Obelisco es inevitable mirar hacia arriba. Se ve una oscuridad infinita y la escueta escalera de emergencia de 206 escalones que, en parte, asusta. Un despabilado hombre de Defensa Civil se acercó y me dijo que me calmara, que subiera tranquila, que no hay posibilidad de caerse porque el arnés me iba a sostener. Para mi fortuna, era la primera en hacer el ascenso. 

Subí el primer tramo, que es el más complejo por su extensión de 20 metros de altura, y me paralicé por dos motivos: el vértigo –el Obelisco es hueco por dentro-, y el encierro, ya que no hay ventanas ni corre una brisa de aire hasta la cima. En ese momento vacilé en seguir. Dudé por unos segundos hasta que me dije a mí misma que si había llegado a esa instancia, no podía dar marcha atrás. Iba a ser una experiencia única y no podía dejar que el miedo, el vértigo, el encierro y el cansancio físico me ganaran. Continué sin mirar hacia abajo. 

En cada descanso nos esperaba alguien de Defensa Civil para cambiarnos la soga y darnos aliento. Nos preguntaban cómo estábamos y si podíamos seguir ascendiendo. Uno de ellos me contó que muchos de los que suben se quedan paralizados en la escalera sin poder seguir ni bajar y otros se descomponen y no pueden seguir el ascenso. Mi meta era llegar. Casi nadie sube al Obelisco, así que frené mis pensamientos, no vacilé más y seguí.

A medida que se asciende las paredes se hacen cada vez más chicas. Tenés menos oxígeno y se siente el esfuerzo físico en los brazos y piernas. No ves la luz de la cúspide hasta estar a un metro de ella. Llegué, con el corazón agitado, exaltada y, antes de poder acomodar la respiración, le dije al operario de Defensa Civil que me extendió su mano que me saque una foto. Allí arriba corría el viento, muy fuerte en las cuatro direcciones de sus ventanas. 

El espacio es reducido, pero la vista a 67,5 metros de altura es una experiencia sublime. Se ve la avenida Corrientes con sus teatros y pizzerías célebres hacia ambos lados, Puerto Madero, el Río de La Plata, hacia el norte la 9 de Julio y hacia el sur sobre la misma avenida, el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación con la figura de Eva Perón, la autopista y el Puente Pueyrredón. 

Si uno comienza a mirar en más detalle desde sus ventanas, se ve lo que nunca se ve, como el famoso chalet anclado en la cima de un edificio de la calle Sarmiento 1113. La historia dice que un inmigrante español que huyó de su Valencia natal para conquistar América a principios del siglo XX de adolescente soñaba con tener una posición acomodada y un «chalecito en el cielo». Lo construyó en 1927 como un lugar de descanso de su negocio de muebles. Su vista es muy curiosa y para unos pocos privilegiados.

Luego de unas cuantas fotos y videos, terminó el momento de relajación y fue hora de descender para dejarle el espacio a las otras personas. Descender implicaba menos esfuerzo físico, pero misma concentración y el mismo encierro. Todos los operarios me preguntaron si me gustó. A lo que yo les respondía: “hoy hicieron feliz a una porteña”.

Al llegar a planta baja, el nivel de excitación no desciende. Me saqué el arnés y salí a la lluviosa Buenos Aires para volver a entrar al subte. Previo a eso miré hacia atrás, contemplé nuevamente el Obelisco, ya desde afuera, como siempre lo vi. Se que mi cuerpo está abajo, en la tierra, pero mi alma quedó en el cielo, a 67,5 metros de altura.

Valeria Guerra
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Lic en Ciencias de la Comunicación (UBA). Posgrado en Comunicación Corporativa (UADE). Maestrando en Gestión de la Comunicación en las Organizaciones (Universidad Austral). Periodista agropecuaria. Comunicadora en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.

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