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El imaginario de la Ciencia en Brazil

El pasado 12 de junio, el director Terry Gilliam ironizó sobre una nueva consecuencia del Covid-19: la pérdida del sentido del humor. La actualidad resulta análoga al género de la Ciencia Ficción; por eso, indagar en cómo el cine brinda una visión sobre el rol de la ciencia se torna una labor sugestiva y “Brazil”, el film del ex Monty Python, puede ser una buena oportunidad para abordar este vínculo -siempre que se cuente con una buena cuota de humor negro-.

El cine como producto de la Industria Cultural suele construir una imagen de la ciencia como redentora de los peligros y salvadora de la humanidad, pero existen realizaciones que forjan un imaginario inquietante o menos inocente: en esta última opción es en dónde se puede ubicar a Brazil de Terry Gilliam.

La película fue filmada en el año 1985 y precisar la fecha no es un detalle menor porque nos remite a la novela de George Orwell “1984”. Brazil transcurre en un futuro distópico, la primera escena nos sitúa como espectadores en una hora precisa, aunque de un año indeterminado: «8:49 PM. En algún lugar del Siglo XX».

Desde el comienzo, el largometraje pone en evidencia problemas que signaron al Siglo XX, y que siguen vigentes en el Siglo XXI: el terrorismo, las torturas, la industrialización ineficiente, la contaminación ambiental, el control y la burocracia del Estado, además del consumismo y los excesos en las cirugías estéticas La última cuestión es un problema muy actual que se puede advertir en las distorsiones corporales de los autodenominados “influencers” (o referentes de nuestra cultura pop).

La primera representación de la ciencia que revela Brazil es la misma que genera el argumento: un científico mata a una mosca, esta cae sobre una computadora -que es más parecida a un teletipo o “telex”- y genera un error que trae aparejado aspectos que no serán “spoileados”. El objetivo de estas líneas es otro: indagar en el imaginario que una película nos plasma sobre el conociendo científico, en este caso un enfoque incómodo, que tal vez admita reflexionar sobre la realidad actual en otros términos.

En el film de Terry Gilliam tanto la tecnología como la representación del Estado se muestran defectuosas y generan inconvenientes en la vida cotidiana de las personas: fallas de electricidad, de tuberías e incluso en una escena se lo denomina “el fantasma de la máquina”. El progreso de la ciencia y la técnica no genera solamente bienestar, por el contrario, crea complicaciones.

Un aspecto central es que la película no subestima al espectador y, por eso, remite a hechos que es necesario descifrar, por ejemplo, cuando el Ministro de Información marca un evento espacio-temporal que sucedió “después de la bomba”. Este diálogo puede interpretarse como las bombas nucleares en el Siglo XX, el hito que marcó un antes y un después para la humanidad: el fin de la edad de la inocencia, la ciencia tiene la capacidad de salvar pero también de devastar. Esta sería una interpretación posible. ¡Los invito a realizar las propias y nos juntamos personalmente a debatirlas “después de la pandemia”!

En este mundo distópico y hostil vive Sam Lowry (Jonathan Pryce), el protagonista del film, un tecnócrata eficiente pero sin ambiciones de progresar y que se libera de su tedio cotidiano a través de los sueños. Sam trabaja para la opresiva maquinaria del Estado y su jefe suele recurrir a él para que resuelva inconvenientes. El rol del trabajo merece un abordaje más complejo en el actual confinamiento; no obstante, los que tienen el beneficio de tener laburo -ya sea para sectores públicos o privados- pueden identificarse con este encantador personaje que resuelve todo con sus propios recursos y sufre la idea “panóptica” de la sociedad en la que habita.

Cabe destacar el tema del medio ambiente en la película. Brazil se muestra contaminado y las únicas referencias a la naturaleza suceden en los sueños del protagonista o en las publicidades. El avance de la industrialización no tiene respeto por el entorno natural y esto lo padece la población. 

En esta cuarentena pudimos ser conscientes de la importancia de tener contacto con la naturaleza, inclusive los científicos que asesoran al Estado argentino fundamentan que la población confinada necesita momentos al aire libre para cuidar su salud -incluida la salud mental-: aunque sectores se encolericen por “la invasión de los runners” de la que fuimos testigos este mes con el primer cambio de fase en la Ciudad de Buenos Aires.

Volviendo a Brazil, otro aporte es como ilustra el uso de los expertos en áreas de medicina estética. Esta línea argumental emerge en una trama paralela que examina el vínculo entre el protagonista y su madre: ella y sus amigas son adictas a las cirugías y dejan que los médicos experimenten con sus cuerpos, con tal de verse más jóvenes. La película es muy crítica y recurre al humor negro para mostrar lo absurdo de no asumir el paso del tiempo. En este mundo “real” de redes sociales, los parámetros estéticos quedan exacerbados y esta narración de una sociedad distópica no resulta tan inverosímil.

Por otra parte, en el film se enuncia en reiteradas oportunidades que “el sistema no comete errores”, cuando en realidad los problemas emergen casi como los casos de coronavirus en Brasil. En este sentido, la idea de una gestión que prefiere negar las pérdidas humanas nos hace pensar que no solo una letra separa al film de Terry Gilliam de la actualidad del país vecino. De este modo, las fronteras entre la realidad y la ficción se tornan difusas como los confines entre la práctica científica y la política. 

En tanto, el coronavirus admite presenciar lo que se denomina la ciencia en proceso, es decir, somos testigos del laboratorio de la práctica científica; pero el riesgo es que mientras algunos sectores pueden advertir con beneplácito este aspecto otros cuestionen la falta de certeza y enarbolen un discurso anti-ciencia. Lo cierto es que la ciencia también es incertidumbre aunque no solemos ver este proceso en nuestra cotidianeidad, por eso nos cuesta asumir que estamos ante un virus en mutación, que los científicos abordan el problema en tiempo real y que a veces “el sistema comete errores”.

Por este motivo, ante una realidad que parece una ficción y que nos obliga a quedarnos en casa, podemos tomarnos dos horas y 23 minutos para volver a los films clásicos que permiten análisis en diversos niveles: estéticos, sociológico e ideológico. Brazil construye un imaginario sobre la ciencia, las aplicaciones de los conocimientos además de las relaciones de poder político y económico, pero sobre todo nos permite sonreír y en un contexto tan hostil como el que vivimos esto no es menor.

Jesica Niz
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Jesica Noelia Niz, más conocida como Jota. Del conurbano profundo al mundo. Primera universitaria de su familia porque cayó en la universidad pública que le permitió estudiar Comunicación Social: licenciatura, especialización y maestría. Periodista renegada y académica punk: sueña con vivir tranquila de leer y escribir. Le gusta el cine pero siempre llega tarde a los estrenos. Hincha de la epistemología y de Banfield.

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