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Assange, la última caza de brujas

El 7 de septiembre se reanudó en Londres el juicio de extradición de Julian Assange, quien cumple prisión preventiva desde 2010. Los cargos presentados por la justicia de EEUU son “espionaje” y “fraude informático”. De lograr ese objetivo, el ex editor de WikiLeaks podría pasar el resto de su vida tras las rejas, ya que la pena por las acusaciones suma 175 años. Ninguna se sostiene, como cuando sentenciaron a la silla eléctrica al matrimonio Rosemberg, en 1953.

El conflicto legal comenzó diciembre e 2010. En 2012, el programador y creador del medio digital pidió asilo en la embajada de Ecuador, pero los motivos eran otros: una acusación de la justicia sueca por presunto abuso sexual. Esa causa prescribió en 2017, el mismo año el presidente ecuatoriano Lenín Moreno entendió que Assange había incumplido las “convenciones internacionales y el protocolo de convivencia” y la policía lo arrestó dentro de la sede diplomática. Lo del mandatario ecuatoriano fue un tiro por elevación a Rafael Correa, que ese año pasó a ocupar lugar de nuevo satán rojo para Latinoamérica y, ahora, atraviesa un juicio por corrupción como le ocurrió a Lula Da Silva en Brasil, con otros moro(s) en la costa.

Así, la prisión en Londres cambió de sitio y, con el fin del asilo político, reaparecieron los fantasmas de las mazmorras onda Guantánamo, la ley marcial en Estados Unidos o, en su defecto, un pasaje abierto a Suecia por pedido de la fiscalía de Estocolmo, que por unos meses, a mediados de 2019, retomó las investigaciones preliminares a pedido de una de las denunciantes por violación, Elizabeth Massi Gritzido.

De esta forma, una década más tarde, la situación de Assange volvió sobre sus pasos. Una extradición por abuso a Suecia, como escala, y destino final Washington. Eso duró poco. En noviembre de 2019, con el juicio encaminado hacia las tierras del Pato Donald, la fiscal Eva-Marie Persson anunció el archivo de la investigación por falta de evidencia.

Apache

Nunca se supo con claridad si Julián Assange es un ciberactivista revolucionario, un periodista comprometido, un agente secreto al que alguien le soltó la mano, nada de eso o todo junto. Tampoco si en su condición de enfant terrible cometió algún tipo de agresión sexual. 

Lo cierto es que el video testimonial de crímenes de guerra en Afganistán, que tituló “Asesinato Colateral”, filtró una filmación secreta del 12 de julio de 2007, en la que un helicóptero Apache ametralló las calles de Bagdad y, con la autorización militar por radio, volvió a rematar a sus víctimas sobre una camioneta que acudió en busca de heridos. Entre la docena de presuntos terroristas murió un camarógrafo de la Agencia Reuters, lo cual encendió las computadoras de occidente luego de las wikifiltraciones.

La historia es conocida, Le Monde (Francia), El País (España),  The Guardian (Inglaterra), Der Spiegel (Alemania), y The New York Times (EEUU), hicieron periodismo con bases de datos. Segmentaron, ordenaron y analizaron cientos de miles de documentos cedidos por WikiLeaks, y reescribieron la historia no contada de abusos militares. Lo que en principio fueron noticias relacionadas con las invasiones de Afganistán e Irak, terminó en la investigación conocida como “los papeles del Departamento de Estado”.

Incluso, el periodista Santiago  O’Donnell hizo un acuerdo con Assange, consiguió un pendrive y  sacó el libro ArgenLeaks (Sudamericana, 2011), en donde recogió 2510 cables de la embajada estadounidense, que demuestran las operaciones políticas de la Casa Blanca en nuestro país.

Allí aparecen intercambios epistolares con el fiscal de la causa AMIA, las valijas de Antonini Wilson, una comilona plenipotenciaria de Héctor Magnetto, y otras curiosidades como el nombramiento de un ex represor entrenado por la DEA, cuando Celso Jaque gobernaba Mendoza antes de encontrar destino en la Embajada de Colombia. Dos capítulos se lleva Mauricio Macri, que esperaría a 2016 para deleitarnos con  los Panamá Papers y otras operaciones sospechosas de las que no se sabe, cuáles son producto de las coimas que atribuyó a su padre una vez muerto. Tampoco faltan menciones sobre Sergio Massa, Carlos Menem y Néstor Kirchner.

Mini-espías

Chelsea Manning -nacida como Bradley- es la ex soldado de inteligencia que filtró a WikiLeaks el video del helicóptero, entre otros miles de archivos clasificados. En 2013 fue sentenciada por la justicia militar a 35 años de prisión y, pocos días antes de abandonar la presidencia, en 2017, Barack Obama la indultó. 

No es un dato menor porque el delito informático, con instancias de hackeo, nunca ocurrió. La descarga de archivos por parte de Manning y su reenvío posterior, no constituye la acción típica de un “fraude informático”. No hubo suplantación de identidad, puertas traseras (back doors) en los sistemas ni engaños con el fin de causar daño. En el peor de los casos Manning copió la información y se la mandó a Assange, con atención a  las violaciones humanitarias del ejército en donde revestía como analista de inteligencia.

Sobre la acusación de “espionaje”, la situación es similar ya que Assange recibió un conjunto de documentos que merecían tomar estado público por la barbarie de las ejecuciones realizadas por las fuerzas norteamericanas, encubiertas hasta su divulgación -a pesar de los reclamos de Reuters-.

Para explicarlo en criollo, si tomamos como ejemplo las escuchas por el espionaje ilegal que mostró Luis Majul como argumento en sus denuncias de corrupción, el funcionario judicial que hurtó los audios y rompió la cadena de custodia sería el responsable de la filtración. Lo mismo ocurriría de constatarse que la filtración surgiera de agentes de la AFI, entre los que  la justicia investiga la participación del ex director de Operaciones de la misma, Alan Ruiz y sus ¿mini espías?

Ocurre que los estándares internacionales de libertad de prensa presumen la buena fe del periodista cuando recibe información relevante para la opinión pública, y, en definitiva, es su deber por deontología profesional difundir esa información luego de chequear la idoneidad de las fuentes. Sólo si Majul incurriera en una falsa denuncia por negligencia o intencionalidad velada, le cabrían las responsabilidades ulteriores por calumnias e injurias, y/o las eventuales demandas civiles del afectado/a. Pero de ninguna manera sería acusado de espionaje, incluso, si cayera cual monja carmelita descalza en un artilugio judicial con agentes secretos que operan al servicio del poder.

La diferencia entre las escuchas ilegales -además de poco trascendentes- de Majul, es que en el caso de Assange la documentación publicada constituye un elemento de prueba ineludible. Lo que para los militares norteamericanos son clasificados como “falsos positivos”, entres otras mentiras de siempre, se corresponden con asesinatos y crímenes de guerra.

La libertad de prensa es reconocida en la Constitución Nacional por los tratados internacionales en materia de derechos humanos, incorporados con la reforma de 1994. En Estados Unidos la Primera Enmienda, que no leyó Trump, es la que garantiza la libertad de expresión y la libertad de prensa. 

En tanto, este lunes 21 de septiembre el propio presidente Alberto Fernández también adhirió a la carta firmada por 13 mandatarios y ex mandatarios, y cientos de legisladores, diplomáticos y políticos, en la que advierten la ilegalidad del proceso.

Tic-Tac

Desde abril de 2019, Julián Assange permanece en la prisión de Belmarsh, en Londres, mientras Donald Trump busca efectos mediáticos para lograr su reelección en noviembre. De concretarse este pedido, no sería otra cosa que parte más de una campaña presidencial. El principal argumento por el que EEUU sostiene el pedido de extradición basa sus fundamentos en que las filtraciones fueron una suerte de conspiración que puso en riesgo la seguridad nacional y a los casi 330 millones de ciudadanos norteamericanos. Trump apela nuevamente al nacionalismo de un electorado que no mira más allá de su ombligo ni le importa la fugaz prohibición de Tik-Tok ni los 200.000 muertos por Covid-19.

Todo vale en las guerras inventadas. Desde la llamada  Tormenta del Desierto sobre Kuwait e Irak, continuaron las intervenciones armadas “humanitarias”, en Kenia, Irak, Afganistán, y la lista sigue… Los golpes secos en Honduras, Paraguay, Bolivia y Brasil, son una versión edulcorada.

Por estos días, Assange está al borde de la última puerta a su extradición. Su delito: constatar asesinatos y acompañar la documentación probatoria. De concretarse, la política exterior de Trump habrá logrado sumar más confusión en el mundo para seguir reinando.La primera ejecución de la Ley de Espionaje (1917) de Estados Unidos sobre ciudadanos comunes ocurrió en 1953, cuando Julius y Ethel Rosemberg, terminaron ejecutados en la silla eléctrica. Ambos judíos comunistas. Esa bonita costumbre es la que inspira el american lifestyle republicano reloaded. En ese entonces el senador Joseph McCarthy dominaba la escena política. Eran tiempos de listas negras, persecuciones, interrogatorios y falsas denuncias. Las sociedades evolucionan. El pedido de extradición de Assange confirma que este no es el caso.

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Cayó de la universidad pública al mejor oficio del mundo. Periodista y Licenciado en Comunicación Social. También es Magister en periodismo y docente de grado y posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Juntó horas nalga en Tres Puntos, Argenpress.info, Radio UBA y la Agencia Télam. Cuando lo dejan publica maldades en Página/12 o en algún medio digital cojonudo como PostPeriodismo.

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