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Afganistán

Este 2021 cerramos la persiana algo cansados pero sólo para ser mejores. Los números redondos sirven para reflexionar, así como las letras del Indio Solari. En 1991 treinta años atrás la policía mató a Walter Bulacio luego de meterlo preso por estar en la puerta de Obras para escuchar de costado a la banda más popular de la historia argentina. Una década después tuvimos la represión del 19 y 20 de diciembre. Cinco muertes en Plaza de Mayo, sumando un total de 38 en el país. También las torres gemelas dejaron de serlo. Vimos saltar personas por las ventanas. Pero lo que quedó oculto fue el avance de George W. Bush, quien con la Ley Patriota destinó fondos para sembrar mercenarios por todo el planeta y abrir otro capítulo sangriento en una guerra sin rostro contra el terrorismo internacional. Jorge Moyano, nos cuenta un día de su vida que por momentos se transforma en aquella peli de Bill Murray conocida como “El día de la marmota” o “Hechizo de tiempo”.

Lo recuerdo perfectamente. Seguro vos también. Son de esas fechas que quedan grabadas a fuego. Dónde estaba, qué pasaba, lo que sentí. Era martes, feriado para mí, último año del secundario, día del maestro. Era bien temprano, lindo día, mi viejo cortaba el pasto y calculo que ese ruido me despertó. Prendo la TV, una desvencijada Sanyo, y ahí estaba yo, tratando de despertar y viendo la repetición de cómo un avión se estrellaba en un edificio. No entendía nada. Sentado en la cocina, café con leche de por medio, mi cabeza no podía unir el graph con las imágenes que veía. Y de repente, el soltar la almohada. El mundo había cambiado para siempre y no admitía estados de somnolencia. 

Parece mentira que pasaron casi 20 años. Que el mundo cambió ese 11 de septiembre de 2001, como tampoco pensábamos que iba a volver a cambiar radicalmente, esta vez entre barbijos y alcoholes. Mucho para tan joven siglo. Cuantos giros inesperados; pero en esa ruleta que gira, el azar parece también tener guardadas sus constantes. Dentro del tablero geopolítico mundial, las fichas se movieron, pero las reglas las siguieron redactando los mismos. Y ahora, con poder de fuego y sed de venganza. 

En estos veinte años, la construcción del enemigo nunca fue tan clara. Los cañones apuntaron a los países de Asia Central, a regímenes totalitarios prefabricados por ellos mismos para la ocasión, pero que se habían vuelto un pesado lastre con el cual convenía mejor ya no acarrear. Excusa perfecta para lavar la imagen del imperio, señalando nombres propios que ya conocemos: Saddam, Osama, Al Qaeda; aprendimos sobre talibanes y armas de destrucción masiva. Y todo en nombre de la libertad, claro está. 

“Quien no está con nosotros, está contra nosotros” afirmó George W. Bush cuando pudo salir del estupor, nueve días después y en un discurso que duró (si, en serio) sólo siete minutos. Y vaya si el aparato de propaganda norteamericano cooperó con eso. A la caza del musulmán y demonizar el islam, como primer medida, y a dividir el globo en dos perfectas mitades, exacerbando el racismo cultural y potenciando la construcción de una alteridad ante un bárbaro al que hay que civilizar a cañonazo limpio.

En ese sentido, ¿cómo se ha construido la imagen del árabe desde las producciones culturales norteamericanas de allí a la fecha? ¿Cómo se nos ha instalado la figura del talibán en nuestras cabezas? ¿Qué imagen de Afganistán tenemos configurada en la mente a partir de los consumos culturales inoculados?

Hemos podido observar durante estos veinte años un borramiento malintencionado de las diferencias entre la propia cultura islámica, en dónde todo lo árabe (como categoría) es exactamente lo mismo. Occidente y oriente se dividió en buenos y malos, en civilización y barbarie. Desde la política, de arriba hacia abajo, pero también desde los soportes mediáticos, en todas sus vertientes, en sus variadas expresiones. 

Todos nos reímos con los videos graciosos en YouTube estilo cámara oculta donde un tipo vestido con túnica blanca en clave árabe deja una mochila en una plaza, o parada de colectivos, etc. y la reacción de la gente es inmediatamente la de salir corriendo. ¿Pero qué configuración esconde esa chanza? Retrata un espíritu de época. O acaso, ¿cómo se construyó en el imaginario el personaje de Sayid en la fantástica serie Lost (la más taquillera en la década post 9/11)? ¿Cuáles son las culpas que fue a redimir en la isla? ¿Qué pasaba en las sitcoms yankees más emblemáticas cuando aparecía un taxista árabe o, solapadamente, se hablaba de política en un restaurant iraní? 

Por suerte, lo contracultural se hizo presente y bien fuerte, en las voces de intelectuales como Susan Sontag o en la sagacidad de los films de Spike Lee (brillante en Inside Man, de 2005), en las letras de Pearl Jam o de Bruce Springsteen, entre tantos, así como en la crítica acérrima que muchos siguen sin entender de Kathryn Bigelow, por dar ejemplos. 

Todo occidente se encolumnó en esta cruzada contra el mal. ¿Y en nuestro país? Tuve la suerte de presenciar una adaptación en teatro fantástica de En casa, en Kabul, la pieza original de Tony Kuschner, que brilló en el San Martín allá por 2004 con Elena Tasisto, Laura Novoa y Horacio Peña entre otros, con dirección del enorme Carlos Gandolfo. Una obra dificilísima de ejecutar, y sin embargo nos abrió la cabeza a quienes la vimos. Pero no mucho más.

La usina del arte nunca se detuvo. Por estos días en donde Afganistán vuelve a ser noticia por la vuelta del talibán al poder, en plena retirada de las fuerzas norteamericanas tras veinte años de inútil ocupación, una serie se volvió premonitoria: sí, volvemos a hablar de Homeland, esa serie que finalizó su rodaje el año pasado y reconfiguró en estos diez años la relación con ese otro. Sin spoilers, un análisis del personaje Saul Berenson en la temporada final (que se ubica en Afganistán) brinda certezas sobre una movida que, mal ejecutada, permitiría que los talibanes lleguen al poder otra vez. Creer o reventar, la realidad parece guionada. 

Durante ocho temporadas, Homeland instaló la discusión de la imagen de la política exterior norteamericana. Un Marine capturado se convierte al Islam, una agente de la CIA bipolar decide un ataque con drones donde mueren cientos de civiles, y un sinfín de situaciones dramáticas que se ajustan bastante a la realidad de esta última década: espionaje, activismo político, hackers, rusos que se meten en la política del Tio Sam y chantaje informático entre otros tópicos reveladores. Algo se mantiene: los malos son siempre los mismos: rusos, talibanes, la inteligencia pakistaní, ISIS, etc. Hasta Venezuela tiene su momento, como escenario impenetrable de caos y barbarie.  

A decir de Umberto Eco en “Construir al enemigo”, “tener un enemigo es importante no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”. Eso es precisamente lo que hizo EEUU, producto de la transición post guerra fría; al quedarse sin un enemigo claro, Bin Laden y sus amigos fueron el blanco perfecto. Y no sólo lo hizo desde la acción bélica, lo apuntaló desde la producción cultural. 

A modo de contrapeso, siempre resulta necesario apelar a las producciones audiovisuales para entender de primera mano el conflicto, pero es una buena oportunidad de hacerlo quitándose las ropas occidentales. Hay cineastas afganos que desde el exilio han contado su verdad, como en “Kandahar” (primer film afgano en llegar a Cannes, en 2011), “FireDancer” (nominada al Oscar), o la cruda “Morir para contar”, de Hernán Zin, producción española, sí, pero contada por corresponsales de guerra en el lugar de los hechos.   

Aquella mañana del fatídico 11/9, recuerdo que un cable en una radio AM aseguraba a las pocas horas que el Ejército Rojo Japonés se adjudicaba el ataque a las torres gemelas. Quedé estupefacto. Vi en mi cabeza el inicio de una tercera guerra mundial -ya sabemos cual fue la respuesta a Pearl Harbor-. La desmentida no tardó en llegar. Porque incluso mucho antes de llegar el primer video de Al Qaeda, mucho antes de enaltecer la figura de Osama Bin Laden, el enemigo ya había sido elegido. 

Jorge Moyano
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Periodista e investigador, con tesina en construcción de su licenciatura en Cs. de la Comunicación (UBA). Con más de 20 de años de trayectoria en radio, trabajó en AM, FM y actualmente conduce desde 2018 el magazine Vientos de Colores los jueves de 21-23hs por Radio Emergente. Integrante de la Dirección General de Cultura de la HCDN, dónde realiza locuciones, conduce eventos y desarrolla estrategias de comunicación. Nacido y criado en Ituzaingó pero con el corazón #todorojo en Avellaneda.

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