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Abramos un Trumpeter, mientras el lobo no está

Con el triunfo de Joe Biden como presidente electo de Estados Unidos, el mundo asiste nuevamente al orden restaurador de la endeble democracia norteamericana, cuyas políticas inciden en el ritmo loco de un capitalismo post-apocalíptico que está dejando la pandemia. Diferente al de la crisis de las hipotecas sub-prime de 2008 y con un planeta hiperconectado, que depende cada vez más de los estándares tecnológicos chinos para seguir funcionando.

Esta vez, el complejo militar industrial, el escudo antimisiles y las guerras inventadas contra los satanes rojos del mundo no sumaron votos, y tampoco lo hizo la competencia por la conquista del espacio.  “Es la economía, estúpido”, seguramente le murmuró Bill Clinton a Hillary  entre las sábanas (ponele).

El rumbo incierto de las elecciones realizadas el martes se consolidó recién el domingo 8 de noviembre cuando el demócrata Joe Biden anunció, de trajecito azul y barbijo a tono, haber superado los 270 electores necesarios para consagrarse como primer mandatario.

Biden no es un revolucionario, sino un experimentado político de 77 años que supo acompañar a Barack Obama como vicepresidente entre 2009 y 2017. Tras derrotar al ala izquierda que encabezó el socialdemócrata Bernie Sanders, su discurso integrador pudo contra el integrismo xenófobo, violento, racista e irracional de Donald Trump, que hasta último momento apostó al odio como plataforma de campaña.

Fórmula Bagley

El ex senador por Delaware será acompañado por Kamala Harris, la primera vicepresidenta mujer y afroamericana de los Estados Unidos, aterrorizados ambos no por Donald Trump sino en cómo mantener el llamado american lifestyle, sus hipotecas y estabilidad de sus fondos de pensiones, que seguirá teniendo a China como el principal enemigo a enfrentar, no por su ideología sino por la dominación del mundo de las altas tecnologías y los mercados globales basados en las comunicaciones.

Al corto plazo, la falta de trabajo y de previsibilidad puede torcer nuevamente el rumbo con otro cisne negro caído de los vicios de poder admirados por la derecha norteamericana. Trump está pasado de la fecha de vencimiento para otro mandato pero probablemente los republicanos conserven su mayoría en el Senado y acuerden con los demócratas salidas no violentas frente al desastre del coronavirus.

De esta manera, las elecciones 2020 son un punto de restauración a la fórmula negro blanco de los  alfajores Bagley, en busca de eliminar la injusticia racial con una vicepresidenta que, además, es hija de madre india y padre jamaiquino. Todo un símbolo frente a la supremacía blanca –que ya está dejando de serlo por la cantidad de habitantes– y los amores perros del separatismo esclavista que aún penetra las ruinas circulares de la ideología de conquista anglosajona de las primeras inmigraciones a la tierra de las posibilidades.

Probablemente la existencia de una figura de herencia asiático-latina, con tabla de surf californiana y promotora de la legalización del cannabis, haya sido el punto límite que afianzó a Biden en la campaña. Nunca lo sabremos.

Azules y Colorados (más de lo mismo)

De momento, la noche de expiación entró en pausa. Los niños y niñas de familias mexicanas ya no deberán temer por terminar separados en jaulas para su deportación.

Wall Street necesita menos rojo sangre y más trajecito azul para recomponer su economía. El problema de fondo no es otro que Estados Unidos se ha consolidado en un gran país de granjeros brutos que compran camionetas grandes y la industria fordista entró en el ocaso del sol naciente, con una China pujante en base a políticas de innovación 4.0, porque el crecimiento de la economía va por otro lado.

Joe Biden no es más que una cucharada de sopa reformista en la dualidad demócrata-republicana. Nadie sabe qué hacer con la clase trabajadora, que luego del Covid-19 no encontrará sillitas en donde apretar “enter” al estilo de Homero Simpson, o saludar con una sonrisa por un sueldo a los visitantes de Walt Disney World.

Para leer al Pato Donald una vez más, habrá que ver cómo se reinventa el neoliberalismo en su proceso de (re)construcción creativa. No alcanzaron las 250 mil muertes por coronavirus en una nación de 300 millones de habitantes. Tal vez, alguna que otra intervención militar como las del Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, siga siendo necesaria.

Aunque resulte irónico, Estados Unidos tiene un común denominador con Argentina. Su economía (farmer) sigue siendo primaria y las políticas internas deben ser renegociadas en el Congreso, con representantes súper agro-tóxicos que no miran más allá del arbusto y de sus bolsillos.

El modelo de granja persiste en la raigambre ruralista norteamericana, mientras la clase trabajadora industrial no ha sido capacitada ni reconfigurada para asumir los desafíos que demanda la sociedad del conocimiento.

Sólo unos pocos acceden a las universidades y eso es uno de los graves problemas hacia el futuro de quien gane cualquier elección en Estados Unidos, y también del resto del mundo, con un futuro digital que llegó hace rato.

En este nuevo ciclo, las vidas negras importan (#Black Lives Matter), pero no habrá una profundización del Obama Care (plan de salud) ni la esperanza de otro new deal que incluya a los más necesitados, con estrategias que tengan en la agenda seguridad e inclusión social, como lo hiciera Franklin D. Roosevelt tras la Gran Depresión en los años 30.

Este martes negro de Trump se puede celebrar -abriendo un Trumpeter si da el bolsillo- sólo porque puede significar un suspiro de paz en el mundo. Lo cierto es que no habrá reformas estructurales ni Estados Unidos declinará sus posiciones, porque la matriz del infierno sigue intacta.

fedecorbiere@gmail.com | Sitio web | + posts

Cayó de la universidad pública al mejor oficio del mundo. Periodista y Licenciado en Comunicación Social. También es Magister en periodismo y docente de grado y posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Juntó horas nalga en Tres Puntos, Argenpress.info, Radio UBA y la Agencia Télam. Cuando lo dejan publica maldades en Página/12 o en algún medio digital cojonudo como PostPeriodismo.

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